La causa primera

Tiene que haber un ser inmortal, inmutable, en última instancia, responsable de toda la plenitud y el orden en el mundo sensible. De esta forma describe el filósofo Aristóteles la causa primera. Y es que desde la antigüedad nos hemos preguntado sobre el origen del universo, ese maravilloso momento en el cual todo comenzó, desatándose asombrosamente la creación. Por supuesto hay teorías para todos los gustos. En el caso del pensador griego nos habla de un primer motor que provoca todo movimiento y que por tanto no es movido por nada. Vendría a ser un concepto metafísico como el de Dios. Muy lejos de lo que sostiene la ciencia y su hipótesis oficial conocida por Big bang. Otra de las teorías que pretenden contestar la pregunta es la Panspermia dirigida, que supone la intervención directa de extraterrestres. Lo cierto es que son muchos los científicos que coinciden en que la vida en la Tierra no es simple casualidad, que es muy probable que exista vida en otros planetas, que la vida es una tendencia en este desconocido e inmenso universo. Aunque el hecho de que nos creara una avanzada civilización extraterrestre no zanja la cuestión, ya que ellos también deben haber sido creados por alguien o algo. Causa y efecto se repiten interminablemente. Quizás la vida en el universo es como una cadena interminable, de manera que las civilizaciones se van sucediendo en el espacio y el tiempo, creando la una a la otra y de esta manera con todas. Volvemos a la gran pregunta. Alguien o algo tuvo que crear a la primera civilización, la original, la que comenzó todo el proceso. De momento continúa siendo un misterio, hasta que como con otros asuntos, la ciencia encuentre la respuesta.

La causa primera

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3 comentarios to “La causa primera”

  1. lamariposavioleta Says:

    Muchisimas Gracias por este nuevo texto, José.

    Excelente como siempre.

    Planteas en voz alta los grandes interrogantes que en mayor o menor medida cuestiona la existencia misma de la creación, de la vida misma.

    Inteligencia versus Entropía. Hay una fuerza que crea y otra que destruye.

    Habria que estimar cual es la energia o primer motor en términos de Aristóteles, que hace tender a la creación, a la unión, a generar la vida misma.

    Creo que la otra fuerza es simplemente la ausencia de la primera o tal vez la “aparente” destrucción no sea mas que una transformación de la primera, su degenreración o desintegración, dependiendo del nivel vibratorio en cuestión.

    En lo personal, apelando al sentido común, a la observación del modelo fractal que se replica una y otra vez en la vida manifiesta, yo creo que el espiritu del amor ilumina la inteligencia y encauza la energía para ordenar patrones, para crear, para unir, para sanar, para equilibrar, para armonizar, para embellecer, pra renovar, para transmutar la materia, para no dar lugar a la entropía, la tendencia del orden a desordenarse.

    La geometría armónica de las formas nos estarian revelando la presencia de ese espíritu o energia sagrada, mágica en esencia, generadora de vida , orden y extrema belleza, libertad, felicidad y paz al ser en su integridad.

    La ausencia de esa misma energía estaria mostrandonos la cara visible del desamor: la desarmonía, la enfermedad, la decrepitud, el sufrimiento, la esclavitud, el control o manipulación.

    Comparto para expandir mas la temática desarrollada en esta entrada:

    Fuente: “Ami, el niño de las estrellas”, libro de ficción que pertenece a la literatura infanto juvenil. Autor: Enrique Barrios.

    Capítulo 13

    Una princesa azul

    “…Diijiste que hay personas a las que te es difícil amar, ¿verdad, Pedro?

    —Sí.

    —¿Es malo no amar?

    —Claro –respondí.

    —¿Por qué?

    —Porque tú dijiste que el amor es el fundamento principal
    de la ley y todo eso.

    —Olvídate de lo que yo te dije. Supongamos que te estoy en-
    gañando, o que estoy equivocado.

    Imagina un Universo sin amor.Comencé a imaginar mundos en los que nadie amaba a nadie. Todos eran fríos y egocéntricos, porque al no haber amor, no hay freno al ego, como decía Ami. Todos luchaban contra todos y se destruían… Recordé las energías que él había mencionado, ésas capaces de producir un descalabro cósmico; imaginé a un tipo muy poderoso, pero con un fanatismo feroz, o con su ego herido hasta el punto de no importarle su propia destrucción,
    oprimiendo «el botón», sólo por venganza… ¡Estallaban las gala-
    xias en una reacción en cadena!…

    —Si no hubiera amor, creo que ya no existiría el Universo–dije.

    —¿Podríamos decir entonces que el amor construye y que
    la falta de amor destruye?

    —Creo que sí.

    —¿Quién creó el Universo?

    —Dios.

    —Si el amor construye y Dios «construyó» el Universo,

    ¿habrá amor en Dios?

    —¡Claro! –Me llegó la imagen de un ser gigantesco y res-
    plandeciente que creaba galaxias, mundos, estrellas…

    —Procura quitarle la barba otra vez –rió Ami.

    Era verdad, nuevamente lo había imaginado con barba y rostro humano; pero ahora no en las nubes, sino en medio del Universo.

    —Entonces ¿podemos decir que Dios tiene mucho
    amor?…

    —Por supuesto –dije.

    —Bien, ¿y para qué creó Dios el Universo?

    Pensé largo rato y no supe la respuesta. Luego protesté:

    —¿No crees que soy muy joven para responder esa pregunta?
    – Ami no me hizo caso.

    —¿Por qué le vas a llevar esas «nueces» a tu abuelita?

    —Para que las pruebe, se pondrá contenta.

    —¿Por qué quieres que esté contenta?
    Pensé un poco, hasta que vi la respuesta:

    —Porque… ¡Porque la amo!

    Me sorprendí al comprender que otra de las características
    del amor es desear la felicidad de aquellos a quienes amamos.

    —Entonces ¿para qué Dios crea gente, mundos, paisajes,
    sabores, colores y aromas?

    —¡Para que seamos felices! –exclamé, contento por haber
    comprendido algo que ignoraba.

    —Muy bien. Y ahora: ¿por qué Dios desea que seamos felices?

    —¡Porque nos ama! –exclamé de nuevo.

    —Perfecto. ¿Hay algo superior al amor?

    —Tú dijiste que era lo más importante…

    —Y también dije que olvidaras lo que había dicho –sonrió–
    Hay quienes opinan que es superior el intelecto.
    ¿Qué vas a hacer para darle esas «nueces» a tu abuelita?

    —Veré cómo le preparo una sorpresa con ellas.

    —Y vas a utilizar tu intelecto para eso, ¿verdad?

    —Claro, voy a pensar cómo hacer para que ella se alegre más.

    —Entonces tu intelecto servirá a tu amor, ¿o al revés?

    —No entiendo.

    —¿Cuál es el origen de querer que tu abuelita sea dichosa,
    tu amor o tu intelecto?

    —¡Ah! Mi amor, de ahí nace todo.

    —«De ahí nace todo», tienes mucha razón, porque del
    amor divino surge la Creación, y del amor humano nacen las
    grandes motivaciones y logros del hombre.

    —¿Sí?

    —¡Sí, señor! Los sanos y constructivos al menos. Bien, veamos.
    Primero amas y después utilizas tu intelecto para hacer feliz
    a tu abuela, ¿verdad?

    —Tienes razón, pongo mi intelecto al servicio de mi amor;
    primero está el amor.

    —Entonces, ¿qué hay por encima del amor?

    —¿Nada? –pregunté.

    —Nada –respondió. Se volvió hacia mí con una mirada
    clara.

    —Y si vimos que hay mucho amor en Dios, ¿qué es Él?

    —No sé.

    —Si hay algo mayor que el amor, Dios debe de ser eso,
    ¿verdad?

    —Ah, creo que sí.

    —¿Y qué es mayor que el amor?

    —No sé…

    —¿Qué dijimos que había por encima del amor?

    —Dijimos que no había nada.

    —Entonces, ¿qué es Dios? –preguntó.

    —¡Ah! «Dios es Amor», tú lo has dicho varias veces, y la
    Biblia también lo dice… pero yo pensaba que Dios era una per-
    sona con mucho amor…

    —No, no es una persona con mucho amor. Dios es el amor
    mismo, el amor es Dios, o sea, Amor = Dios.

    —Creo que no entiendo, Ami.

    —Te dije que el amor es una fuerza, una vibración, una
    energía cuyos efectos pueden ser medidos con los instrumentos
    apropiados, como el «sensómetro», por ejemplo.

    —Sí, lo recuerdo.

    —La luz también es una energía o vibración.

    —Sí, y los rayos X, infrarrojos y ultravioleta, y también el
    pensamiento, todo es vibración de la misma «cosa» en diferen-
    tes frecuencias. Mientras más alta la frecuencia, más fina es la
    materia o energía. Una piedra y un pensamiento son la misma
    «cosa» vibrando en distintas frecuencias…

    —¿Qué es esa cosa? –pregunté.

    —Amor.

    —¿En serio?

    —En serio… todo es amor, todo es Dios…

    —Entonces ¿Dios creó el Universo con puro amor?

    —Dios «creó» es una forma de decir; la verdad es que Dios
    «se transforma» en Universo, en piedra, en ti y en mí, en estre-
    lla y en nube…

    —Entonces… ¿yo soy Dios?

    Ami sonrió y dijo:

    —Una gota de agua de mar no puede decir que ella sea el
    mar, aunque esté compuesta de las mismas sustancias. Tú estás
    hecho de la misma sustancia que Dios, eres amor, pero vibrando
    en una frecuencia no muy alta. La evolución consiste en la
    elevación de nuestra frecuencia vibratoria.

    —¿Frecuencia vibratoria?…

    —El odio es una vibración muy baja; el amor es la vibra-
    ción más alta. Apúntate hacia ti mismo.

    —No te entiendo, Ami.

    —Cuando dices «yo», ¿hacia qué lugar te apuntas? ¿Hacia
    qué lugar de tu cuerpo? Apunta hacia ti mismo diciendo «yo».
    Me toqué el centro del pecho con el dedo índice, diciendo
    «yo».

    —¿Por qué no te tocaste la punta de la nariz, o la frente, o
    la garganta?

    Me dio risa pensar en tocarme cualquier otro lugar, dicien-
    do «yo».

    —No sé por qué me apunto hacia el pecho –dije, riendo.

    —Porque es allí donde estás realmente «tú». Tú eres amor,
    y tienes tu morada en tu corazón. Tu cabeza es una especie de
    «periscopio», como en un submarino. Te sirve para que tú –me
    tocó el pecho– puedas percibir el exterior, es un «periscopio»
    con un «computador» en su interior: tu cerebro. Con él entien-
    des cómo son las cosas de tu mundo y organizas tus funciones
    vitales. Tus extremidades te sirven para trasladarte de un lugar a
    otro y para manipular objetos, pero tú estás aquí. –Nuevamente
    tocó un punto en el centro de mi pecho–. Tú eres amor. Por
    tanto, cualquier acción tuya en contra del amor es una acción en
    contra de ti mismo y en contra de Dios, que es amor. Por eso la
    ley fundamental del Universo es amor, y por eso el amor es la
    máxima posibilidad humana. Y, por último, por eso el verdade-
    ro Nombre de Dios es Amor. La espiritualidad consiste en expe-
    rimentar y entregar amor, o sea, vibraciones y acciones elevadas.
    Ésa es mi forma de entender y practicar las cosas de Dios,
    Pedrito, nada más que eso….”

    Muchas Gracias José, por esta bellisima entrada, invita a cuestionarse la existencia en si misma, nuestra propia esencia, nuestra verdadera identidad, el origen de la vida misma.

    Espero te haya gustado mi humilde aporte nacido de mis propias letras y citas memorables para mi.

    Excelente artículo has escrito, José, manifiesta como siempre la síntesis y maestría verbal a la que nos tienes siempre acostumbrados a tus lectores.

    ¡Gracias!

    Pat

    • Gracias a ti también, Pat, tanto por tu comentario como por el texto literario, que me han encantado. Demuestras gran sensibilidad y sentido de la reflexión por temas tan profundos como este, un tema que en definitiva nos interesa a todos, ya que estamos hablando de nuestro propio origen. Un abrazo.

  2. lamariposavioleta Says:

    Muchas Gracias a ti, José.

    Te aliento a que sigas compartiendo tu conocimiento, tu sensibilidad y maestria para condensar y sintetizar temas tan profundos como este y tantos otros que has escrito y publicado en este sitio llamado el Teatro de los Sueños.

    Tienes un gran talento, pero lo mas importante y trascendental para mi no es el talento que manifiestas a la hora de exponer tus ideas con destreza verbal. No.

    Es la humildad, sencillez y espontaneidad que expresas al interactuar con tus lectores. Eso te hace un grande de verdad.

    La matrix nos hace egocéntricos, narcisistas, indolentes ante el dolor ajeno, nos va anesteciando gradualmente la cortesía, los valores que nos enaltecen como género humano, como es el amor fraterno sin dobleces y el agradecimiento sincero y genuino.

    El sistema capitalista que impera alimenta egos, estimula el temor y la desconfianza y duda entre nosotros. Nos hace enemistar, entre nosotros, nos fragmenta, nos hace competir bajo falsas premisas y principios como es el principio falso de escacez.

    Los lazos que naturalmente deberían aunarnos fraternalmente como humanidad han sido reemplazados por una robotica desalmada, fria, indolente, insensible, sin sentido común, programados a maximizar el individualismo competitivo con la hegemonía de un pensamiento único, que genera en definitiva el desamor y el dominio del ego alterado.

    Se maquillan y ornamentan las palabras, se inventan teorías para aceptar lo inaceptable, para justificar lo injustificable, nos ponemos antifaces, múltiples máscaras que replican una y otra vez un modelo fractal que nos divorcia de la abundancia, equilibrio, paz y felicidad.

    Desafortunadamente, nos somete y esclaviza en pensamientos, emociones y actos privados y publicos alejados de nuestra verdadera identidad y orígen.

    Comparto contigo José, un breve video, como segundo aporte a esta entrada, sin animo de ponerte en el compromiso de visionarlo.

    Lo hago en pleno agradecimiento a tus aleccionadores textos.

    Textos que personalmente he disfrutado tanto en forma como en contenido.

    Me encanta como escribes, José. Eres un gran escritor, talentoso y humilde a la vez.

    http://mundonuevoenlatierra.blogspot.com.ar/2015/04/que-es-el-amor-el-pergamino-de-krato.html

    Un abrazo

    Pat

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