CIX. Jaque mate

Aproximadamente a las doce y media llamaron al timbre. Daniel fue a contestar. Se trataba del cartero. Traía un paquete de forma cuadrada. Qué extraño, pensó, no esperaba recibir nada. De todos modos firmó y se lo quedó. ¿Quién lo enviaba? Enseguida le dio la vuelta y leyó el remite. Chess Friends of Arkham. 25666 Arkham. Massachusetts (U.S.A.). ¿Un club de ajedrez norteamericano? Si bien jugaba a ajedrez y había participado en diversos torneos, nunca había estado en ese país ni conocía a nadie de allí. Debía de ser un error. Devolvería el misterioso paquete a la oficina de correos. Sin embargo, observándolo mejor se dijo que podía ser un tablero, y seguramente con todas sus piezas. Nunca había tenido un tablero decente, los que le gustaban eran demasiado caros para su bolsillo, aquello suponía una tentación muy difícil de resistir. Así que no sintió remordimiento alguno cuando rompía el papel del envoltorio, al contrario, sus dedos estaban ansiosos por descubrir lo que se ocultaba dentro. Unos cuadros blanquinegros demostraron que no le había engañado su intuición. Asimismo encontró una carta.
La carta estaba escrita por un tal Charles Dexter Ward. Por lo que pudo entender, aquel club norteamericano le había hecho un obsequio en agradecimiento a su inestimable presencia en una competición de la ciudad, afirmaban que era un honor para ellos haber contado con un maestro de tal fama. Definitivamente se trataba de un error. ¿Un maestro? ¿Él? ¿Un torneo en Arkham, un lugar del cual nunca había escuchado hablar? Para un jugador que se consideraba mediocre, que en varios años apenas había subido de nivel, todo aquello significaba una broma. Si unas personas que no conocía se empeñaban en regalarle algo, él no iba a ser quien lo rechazase.
Como un niño al que le compran un juguete nuevo, Daniel anhelaba enseñárselo a los demás y llamó a un amigo de su club de ajedrez. Cuando este último vio el tablero con sus piezas de madera pulcramente tallada y reluciente se quedó pasmado. Daniel no le contó la verdad sino que le aseguró que se lo había regalado su abuela. Comenzó la partida y entonces sucedió. Al hacer su apertura Daniel experimentó que su mano era arrastrada, por alguna fuerza extraordinaria e invisible, hacia un determinado peón. La pieza se movió, aunque no obedeciendo sus impulsos cerebrales, parecía tener voluntad propia. Continuó jugando. Con secreto placer descubrió que los movimientos que realizaba, es decir, que en realidad realizaban sus piezas, eran sencillamente geniales. Mientras tanto se limitaba a acompañarlas, dejándolas que se colocasen en la mejor de las casillas posibles. Tras unas cuantas jugadas consiguió con facilidad provocar jaque mate. Su amigo se sorprendió bastante, no tanto porque un rival de categoría inferior le había ganado sino por la forma, la misma forma que hubiese demostrado un maestro.

Continuará

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