CLII. Madre Tierra

La mañana siguiente estuve callado durante el desayuno. Meditaba sobre todo lo que había experimentado la noche anterior. Y mi amiga se comportaba como si nada hubiera sucedido. Por supuesto. Ella no podía saber que yo lo sabía. La cuestión era que, por mucha amistad que nos uniera, habían sucedido cosas bastante irregulares y sentía el deber de preguntar.

– ¿No escuchaste nada extraño anoche?

– Los sonidos habituales en una montaña como esta, ¿por qué?

– No sé, te parecerá absurdo, pero pude escuchar un niño llorando.

– Es imposible.

– Sí, eso pensé yo al principio, ya sé que vives totalmente sola y en un lugar aislado, aún así te aseguro que lo escuché.

– ¿No estarías soñando? A veces los límites entre la realidad y la fantasía son muy delgados.

– En absoluto, estaba perfectamente consciente.

– Quizá sentiste algo que te pareció un sollozo, esta casa es antigua y hay corrientes de aire, las puertas crujen…

– Es una posibilidad.

– No estás muy convencido.

– Disculpa, pero tengo la impresión de que me ocultas algo, ¿no tienes nada que contarme?

– ¿Qué quieres decir?

– Anoche te vi salir de la masía y te seguí.

– De manera que es eso.

– No me importa que practiques una religión u otra, sin embargo tengo dudas más que razonables sobre ti, no entiendo por qué había un crío que lloraba en tu casa, no entiendo por qué saliste corriendo, no entiendo por qué la gente de aquí realmente te teme.

– ¿Piensas que soy sospechosa?

– La verdad es que he comenzado a considerar seriamente si estás relacionada con la desaparición del niño del pueblo. Después de tanto tiempo sin vernos, lamento que hayamos llegado a esta situación, no creía que la investigación me iba a llevar hasta tu pista.

– Tienes todo el derecho de hacer lo que consideres adecuado.

– ¿No piensas decir nada más? ¿No me vas a explicar qué está pasando?

– Lo único que pudiste observar anoche fue un grupo de mujeres celebrando un rito de la Antigua religión, y no creo que eso sea delito.

– Gloria, te quiero ayudar, pero tú también tienes que ayudarme, si me cuentas algo todo será más fácil.

– No tengo nada que ocultar.

– Está bien, como tú quieras, continuaré investigando con o sin tu ayuda, todavía estás a tiempo de cambiar de opinión. Nos volveremos a ver.

– Seguramente.

Dejé la casa de mi amiga con una molesta sensación. Por un lado quería creer que era inocente, por otro, el instinto profesional me decía que protegía algún oscuro secreto, y raramente me equivocaba cuando seguía este último. La cuestión es que debía actuar con rapidez. Por un momento pensé en ir a ver al padre del crío desaparecido, con la intención de transmitirle un poco de ánimo, sin embargo lo descarté enseguida, podía crearle falsas esperanzas, lo más acertado era no comentarle detalle alguno hasta que terminara de investigar la pista de Gloria. De manera que llamé a mi superior y solicité un registro policial de la masía. Sabía que tardaría al menos un día en poder realizarse. Estos temas conllevan bastante burocracia. Mientras tanto aprovecharía para recorrer con más calma aquella zona. No podía hacer otra cosa. Volví a comer en el hostal. Hacia el final l’avi apareció por la puerta, en cuanto se dio cuenta de mi presencia, sonrió y vino directamente a mi mesa.

Continuará

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