CLIV. Madre Tierra

Sólo tomé un café con leche. Se me había quitado el apetito. Normalmente reaccionaba con bastante serenidad en estas situaciones, sin embargo, aquella vez sentía que de alguna forma estaba atado emocionalmente, era Gloria la sospechosa, había muchas posibilidades de que hubiese participado en el secuestro.

Cuando llegaron los mossos procuré disimular, por encima de todo está la profesionalidad y un inspector de policía no debe dejarse llevar por los sentimientos, ya sean de amor u odio. Les comenté que me siguieran con su todoterreno. Al poco estábamos subiendo por la serpenteante carretera que ya conocía. En la pradera pude distinguir de nuevo aquella casa, que ahora me parecía más sombría. Paramos enfrente. No teníamos por qué escondernos. Estábamos legalmente autorizados. Por otro lado, nadie podía salir de allí sin que lo viéramos. Fui yo mismo quien llevaba el documento firmado por el juez, y quien llamó a la puerta usando la aldaba. Nadie contestó. Volví a llamar varias veces. Tampoco. De manera que decidí dar una vuelta con la intención de encontrar a mi amiga. Aunque suponía que había salido, mandé que uno de los agentes esperase junto a la masía. Nunca debe descartarse una posibilidad, por remota que parezca, y yo en aquel momento no podía asegurar que Gloria no permaneciera realmente dentro, haciéndonos creer que no estaba. Enseguida descubrí que mis suspicacias eran equivocadas. La hallamos caminando por la pradera. En cuanto nos divisó, hizo un gesto de saludo con una mano. En la otra llevaba una cesta con diversas plantas. Reconozco que aquella actitud amable me sorprendió. Hay que tener en cuenta que la había señalado como sospechosa de un rapto, asimismo, ella debía imaginar que el hombre que me acompañaba no era uno de mis amigos.

– Hola, sabía que volverías.

– Venimos para registrar la casa, tenemos una orden y…

– Entiendo, simplemente estás cumpliendo con tu deber.

– Veo que vas a colaborar.

– Ya te dije que no tengo nada que ocultar, mi puerta siempre está abierta para un amigo, tú lo sabes.

– Te lo agradezco, tú también sabes que no disfruto con esto.

Me pareció que el mosso debía estarse imaginando que entre ella y yo había habido algo que no era simple amistad. El caso es que regresamos a la casa y comenzamos inmediatamente el registro. Nos llevó más tiempo de lo que pensaba. Había una docena de habitaciones y muchos armarios en los que podía caber perfectamente un niño. Comencé por el sótano, propicio – y sin duda siniestro – para ocultar a alguien, entre tantos y tantos cacharros antiguos, amparado por la penumbra de unas pocas velas. Asimismo había que tener en cuenta si existían trampillas en el suelo y falsas puertas. Después de buscar y rebuscar toda aquella mañana no encontramos ni un solo indicio de la presencia del pequeño. Gloria era muy inteligente. Probablemente había intuido que yo regresaría para inspeccionar la masía, y lo había escondido en otro lugar. Lejos de desanimarme, me convencí todavía más de mi teoría, mi amiga tenía que saber dónde se hallaba, pero no quería decírmelo, estaba jugando. No había problema. Yo también jugaría. De manera que agradecí a los agentes su ayuda y les di permiso para marcharse. Seguidamente llamé a mi superior para informar sobre los resultados del registro. Tenía intención de quedarme.

Continuará

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