CLVII. Madre Tierra

Al poco Gloria, o quien quiera que fuese, se marchó. Las sombras comenzaban a caer sobre el bosque. Pronto aparecería la luna llena. Me acordaba del caso de la secta del sur de Francia que realizaba sacrificios humanos precisamente en noches como aquella. Ahora era yo la víctima. Intentaba liberarme de las cuerdas. Tengo que reconocer que estaban muy bien sujetas. Lo cierto es que me encontraba en una situación difícil. Una perturbada estaba dispuesta a asesinarme y yo no podía hacer nada por evitarlo. Me quedé casi sin voz gritando. Nadie contestó. Quién podía ayudarme, perdido como estaba en la oscura frondosidad. Sin embargo me negaba a rendirme.

En un determinado momento distinguí luces entre los árboles. Se trataba de antorchas. Una insólita comitiva surgió ante mis ojos. Pude reconocer a las mujeres que había observado en la otra reunión en el bosque. La que se parecía a Gloria las encabezaba. Estaba radiante. Llevaba puesta una corona de flores, sus largos cabellos relucían bajo los rayos de luna y la túnica, que ahora era del color de la noche, insinuaba morbosamente sus curvas. Costaba creer que aquella belleza tuviese un plan tan siniestro para mí. Las otras, que nada tenían que envidiar, la seguían mientras entonaban un cántico hipnótico y misterioso. Formaron un círculo entorno a la piedra en que me hallaba. Su reina – por llamarla de alguna manera – cogió un pequeño baúl y lo alzó hacia el cielo varias veces. A continuación lo abrió y sacó una hoz. El filo del metal delataba un ritual macabro. Nunca me había sentido tan impotente. Tampoco intenté dialogar con ella, algo en su rostro me decía que era inútil, no dudaría en usar aquel arma cortante. Lejos de tener miedo estaba enfadado, enfadado conmigo mismo, porque me había dejado seducir y atrapar como un vulgar principiante, no había sido tan racional como siempre me consideraba, en realidad me había buscado aquel final. Cuando todo parecía inevitable, una voz me devolvió la esperanza.

– ¡Alto! Ni se te ocurra, si no quieres que te pegue un tiro aquí mismo.

Se trataba de l’avi. Estaba apuntando resueltamente con su escopeta de caza. Ella ni siquiera le prestó atención. Y levantó la hoz contra mí. Una feroz detonación rompió los extraños cantos y una rodilla de la reina. Las otras huyeron asustadas, casi desvaneciéndose entre la espesura.

– Nunca pensé que me alegraría tanto de verlo.- Confesé.

– Le ha ido de un pelo que no le rebanasen el cuello, menos mal que lo estaba siguiendo como siempre.- Dijo el viejo, desatándome.

– Tiene usted vocación de inspector.

– Simplemente soy más chafardero de lo normal.

– Por cierto, ¿cómo se encuentra la mujer herida?

– No se preocupe por esa bruja, tiene lo que se merece, como máximo se puede quedar coja.

– En cualquier caso hay que pedir asistencia médica, ¿no tendrá por casualidad móvil?

– ¿Es que me ha visto con cara de llevar un chisme de esos?

– Pues hágame el favor de guiarme hasta el teléfono más cercano.

– Que quede claro que lo hago por usted.

Continuará

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