CLXI. El agujero

Los días transcurrieron y casi llegué a acostumbrarme al ruido. De todas maneras deseaba marcharme de la ciudad, necesitaba aire fresco, sin polvo ni olor a grasa industrial, levantarme con el canto de los pájaros y no con el estruendo de maquinaria en acción. Al final llamé a mis amigos, tenía que esperar más, había uno que se había apuntado a un cursillo de una semana. Una semana. No sabía si podría soportar tanto. Hasta que una mañana me desperté sin ruidos. Miré el reloj de aguja del escritorio. Las once y media. Era imposible. Me levanté de un salto y corrí hacia el ventanal del salón. La grúa gigantesca continuaba en su lugar. ¿Por qué habían parado las obras? Lo cierto es que no llovía ni –que yo supusiese– había huelga en el sector de la construcción. No importaba, la cuestión era que, milagrosamente, había llegado el silencio a mi casa. Por la tarde la curiosidad hizo que me acercara a las obras. Solamente quedaba un vigilante en la puerta de acceso. Cuando le pregunté sobre el motivo de la repentina interrupción no me contestó, sino que abrió sonriendo la puerta. Comenzó a andar y lo seguí. Una vez al pie del cráter que habían creado las excavadoras, señaló hacia un determinado punto. Abrí bien los ojos. Había un agujero cuyo oscuro fondo no se distinguía. Para que me hiciese una idea de su profundidad, aquel hombre arrojó una piedra. Después de un minuto no pudimos escuchar colisión alguna. Según me explicó el vigilante, la empresa había decidido parar las obras para que los ingenieros estudiasen aquel nuevo agujero, no se sabía si el terreno era seguro.

Aquella noche fui incapaz de dormir. Y no sólo a causa del insoportable y húmedo calor. No podía dejar de dar vueltas a lo que había observado en las obras. Probablemente tenía una explicación racional, sin embargo mi mente fantasiosa se empeñaba en relacionarlo con otras cosas, cosas que había leído en algunos libros. La culpa la tuvo H. P. Lovecraft. Sus historias sobre monstruos procedentes de otras dimensiones me llegaron a obsesionar. Sobre todo uno cuyo nombre –casi impronunciable para nuestra lengua humana– era algo así como Ktulu, un ser descomunal que había morado en la Tierra hacía eones, y que después de una batalla apocalíptica fue desterrado y encerrado en las profundidades del mar, esperando desde entonces ser liberado por sus oscuros discípulos. Me fascinaba pensar en la posibilidad de la existencia de aquella monstruosidad cósmica. Supongo que muchos de los que puedan leer esto no me entenderán, pero para un fan de la literatura fantástica y de terror el asunto es muy sencillo. Cuando uno descubre mitos entre la realidad aburrida y decepcionante en la cual nos ha tocado vivir, siempre conserva la ilusión de que esas ficciones sean reales, al menos en parte, quizá es que algunos nunca hemos abandonado la infancia, la cuestión es que lo que me apasionaba de todas esas historias era precisamente que no fuesen simples historias, que quien las había escrito las hubiese realmente experimentado o conocido, ya sé que esto sonará a locura. Es lo que yo llamo magnetismo del lado oscuro. Como esa inexplicable simpatía que siempre he sentido por el malo de las películas, desde niño lo he encontrado elegante, inteligente, morbosamente tentador, en contra del héroe o superhéroe, que siempre me ha parecido un vanidoso con la cabeza hueca.

Continuará

A %d blogueros les gusta esto: