CLXII. El agujero

De esta manera, trastornado por todos estos pensamientos, me levanté por la madrugada y comencé a revolver en mis estanterías. Tras varias maldiciones encontré lo que tan ansiosamente buscaba. Un voluminoso libro con las páginas amarilleadas por el paso de los años. Sin duda se trataba de la joya de mi biblioteca particular. Una antología de los cuentos de Lovecraft publicada por la mítica editorial Arkham House. Sin embargo, lo que más me interesaba en aquel momento no eran las historias de este autor, sino un breve ensayo. Sobre los salmos katulianos. Me vestí enseguida, cogí el libro y una linterna, y salí a la calle. No me crucé con nadie, quien me hubiese visto a aquellas horas con aquel pesado volumen encima, no habría pensado nada bueno de mí. En realidad no era muy consciente de lo que estaba haciendo, me impulsaba un presentimiento que rozaba lo irracional.

Como era natural la puerta de las obras estaba cerrada con candado. Sin embargo, observé que la verja no era muy alta. Debo decir que normalmente no iba saltando vallas de propiedades privadas. La luz de las farolas apenas llegaba al interior de aquella construcción, así que había una penumbra que lo hacía todo más inquietante, cuando no tétrico, quizá se trataba solamente de mi imaginación desbocada. Aunque lejos de sentir algo similar al miedo, me encontraba ingenuamente excitado, como un niño que experimenta por primera vez el placer de cometer una mala acción. Con cuidado, bajé por el abrupto cráter y llegué hasta el agujero que me había robado el sueño. Abrí el libro. Iluminada por mi linterna, apareció la página maldita, que contenía la invocación a Ktulu. Comencé a leer. Poco a poco no llegué a reconocer mi propia voz, que parecía surgida de otras cuerdas vocales. Ya he comentado que la lengua de los monstruos primigenios no tenía nada que ver con las nuestras. Cuando acabé aquella insólita llamada, cerré bruscamente el volumen y esperé en silencio. Transcurrieron, interminablemente, los minutos y nada sucedía. Al final decidí regresar a casa, un tanto desilusionado.

Al día siguiente las obras continuaban paradas y la gente realizaba sus quehaceres cotidianos. La misma realidad de cada día. Ni seres de otras dimensiones ni apocalipsis inminentes. Pensé que tal vez debiera visitar a un siquiatra. Estaba dándole demasiada importancia a unos relatos, tal era mi obsesión, que había traspasado los límites de lo real, creyendo cosas que sólo existían en las oscuras fantasías engendradas por Lovecraft. Ahora más que nunca necesitaba alejarme de la ciudad, de las historias de terror, del agujero de las obras.

Continuará

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