CLXIII. El agujero

De nuevo llegó la noche y con ella el insomnio. El ambiente que había en casa era tremendamente bochornoso, a través de las persianas abiertas no llegaba ni una pizca de brisa. Salí a la terraza para ver si conseguía desprenderme de aquel pegajoso sudor. Excepto por un gato que no cesaba de maullar no había nadie en las calles. En las ventanas de los pisos de enfrente ya no quedaban luces encendidas. Definitivamente la ciudad parecía dormida. No es que hiciese menos calor que adentro, pero al menos estaba distraído por mis pensamientos. De repente noté una vibración en la barandilla, en un principio ligera, de todas formas me aparté por si esta cedía – creo que todavía no he comentado que vivía en un ático -. Después aumentó en intensidad. Observé atónito cómo los árboles sacudían con violencia sus hojas. Por suerte solamente duró unos segundos. Lo cierto es que los terremotos no eran frecuentes en la ciudad en la cual vivía, de hecho, no podía recordar cuándo se había producido el último. Y mi imaginación volvió a hacerme dudar. ¿No se trataba de una casualidad muy extraña que hubiese habido uno la noche siguiente a la invocación?

Lo primero que hice por la mañana fue comprar un periódico. La noticia del movimiento sísmico salía en portada. El centro de seguimiento nacional no había previsto el fenómeno y, por otro lado, los científicos opinaban que las circunstancias eran cuando menos irregulares. Yo que buscaba una respuesta en aquellas páginas y sólo encontré más preguntas. ¿Podía un ser gigantesco provocar un terremoto tan intenso desde las profundidades? ¿O es que acaso estaba ascendiendo hacia la superficie? ¿Podrían detectarlo antes con las sondas? No, aquello no podía ser, me decía a mí mismo. Ktulu no podía existir. Por muy fascinante que me resultara la idea tenía que reconocer que era totalmente disparatada. No podía ser tan fácil. Pronunciar la invocación que había escrito un autor de historias de terror y despertar a un monstruo primigenio que llevaba eones encerrado en el sueño de la muerte. El caso es que al llegar la madrugada fui otra vez a las obras. El temblor había dañado el candado de la puerta. Una simple patada me bastó para poder entrar. Me acerqué al agujero y lo iluminé. En aquel momento escuché un ladrido de perro. Apagué la linterna. Entre aquella penumbra pude distinguir que el inoportuno animal entraba en las obras. Después escuché la voz de su dueña. La conocía, era mi vecina del primero segunda, una vieja bastante entrometida y charlatana. Me escondí. Por nada del mundo hubiera querido que me viese en aquel lugar. Esperaba que salieran pronto y poder continuar mis investigaciones, pero aquella mujer era incapaz de encontrar su propio ombligo. En aquel momento observé algo que asomaba por el cráter. Al principio creí que se trataba del perro, sin embargo, tras frotarme los ojos, pude ver con horrorosa claridad que era un tentáculo. Un tentáculo como nunca había visto. En un abrir y cerrar de ojos atrapó al animal, haciéndolo desaparecer en la oscuridad del agujero. Mi vecina continuaba buscándolo y no dejaba de llamarlo. Debería haberla avisado, sin embargo no lo hice, me hallaba en un estado próximo al éxtasis, pasmado, incapaz de realizar la acción más simple. Como mis lectores podrán imaginar, la vieja tuvo el mismo final que su mascota.

Continuará

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