CLXIV. El agujero

Cuando ya me hallaba en cama una pregunta comenzó a revolotear dentro de mi mente. ¿Por qué no me había atacado la criatura del tentáculo? Hubiese apostado que se trataba del mismísimo Ktulu. Al menos descubrí que no estaba loco, que no me estaba imaginando todo aquello, que las historias de Lovecraft se estaban acercando a la realidad. En aquel momento no consideré las consecuencias apocalípticas de tal revelación. Ni siquiera experimenté un leve remordimiento de conciencia por la muerte de mi vecina. Aunque no había presenciado su asesinato no era difícil imaginar lo que había sucedido con ella, una de esas brutalidades de mis relatos de terror favoritos. Supongo que se trataba del éxtasis en el cual me hallaba. Estaba siendo inevitablemente seducido por el gran Primigenio – ya he comentado mi afinidad desde siempre por los malos -, me hacía sentir importante, había dejado de ser un vulgar universitario para convertirme en el principal discípulo de una divinidad oscura y remota, aún más, su cómplice, yo lo había llamado, y Ktulu también me llamaba. Empezaba a verlo todo más claro. El origen se encontraba sin duda en el agujero que había dejado al descubierto las obras del metro. Si yo había buscado aquel libro maldito para invocar al Primigenio fue porque, de alguna manera, este me lo había sugerido – nunca me ha gustado la palabra ordenar -, sabía que yo estaba predispuesto y por ese motivo me había elegido, en el caso de haber querido una marioneta, es decir, un simple instrumento para realizar su propia voluntad, habría podido fijarse en cualquiera.

Hubo varios días sin novedades. Algo en mi interior me decía que debía esperar, pronto llegaría lo que tanto ansiaba y el mundo que siempre había conocido iba a cambiar radicalmente. Un sábado –creo recordar que fue este día de la semana– fui despertado por unos bramidos sobrenaturales y supe enseguida que mi espera había acabado. Como en otras ocasiones, fui hacia el ventanal del salón. Lo que observé me dejó maravillado. El cielo tenía un espeluznante color negro, no se parecía a ninguna de las tormentas que había vivido, como si estuviese anocheciendo. Bajé a la calle. La gente miraba el cielo. Incluso el tráfico se había parado. Cuando el suelo comenzó a temblar violentamente algunos adultos se santiguaron y los pequeños lloraron. ¿Era el principio de un apocalipsis? En ningún momento temí por mi vida, nada malo podía sucederme, Ktulu me protegía. Caminé con paso decidido hacia las obras. La gente corría a mi alrededor en dirección contraria. El horror se había desatado definitivamente. Y es que la cabeza gigantesca y tentacular del gran Primigenio estaba surgiendo por encima de las vallas de la excavación. Me arrodillé para alabarlo y, casi sin darme cuenta, mis labios empezaron a repetir la llamada maldita.

No recuerdo nada más. Como si alguien o algo hubiera cortado después el hilo de mi memoria. Quizá fueron las mismas personas que me han encerrado en esta celda y me han puesto esta camisa de fuerza. Los muy estúpidos creen que estoy loco. No saben lo que sé. No saben que a escondidas invoco a mi maestro. No saben que uno de estos días regresará de nuevo.

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