CLXIX. El horror que vino de las profundidades

Después de enterrar a los muertos continuaron el camino de regreso, que fue lento y penoso, ya que había varios heridos. Cuando los del submarino los vieron llegar, pensaron que habían sido emboscados por alguna patrulla enemiga. Staedtler, más sombrío que nunca, les anunció que habían encontrado alimento en abundancia, pero la feroz cosa invisible rondaba por la isla. De momento se quedarían en la nave, al menos hasta que durasen las provisiones. Estaba claro que en cuanto salieran, la bestia volvería a atacar. Así que no bastaba con defenderse, como habían hecho antes con el círculo, tenían que cazarla. El principal obstáculo era que no podían verla. De todas maneras, el comandante había aprendido que se la podía seguir por las huellas que dejaba, se trataba de hacerla ir por entre hierba o maleza. Asimismo sabía que no era inmune a las armas. Los días siguientes, en colaboración con todos sus hombres, estuvo planeando una trampa mortal. Dorff quería capturar la cosa con vida, para llevarla como trofeo a Berlín y ser condecorados por una hazaña propia de los héroes de la mitología. El resto de la tripulación no le hizo ni caso. El objetivo era acabar con ella, o si no ella acabaría con ellos.

Y llegó el día en que ya no quedaba pescado. El comandante salió con tres voluntarios hacia el bosque, buscando un lugar idóneo. Cuando alcanzaron una llanura de hierba alta comenzaron a trabajar en la trampa. Colocaron numerosas minas a la entrada de un desfiladero que había allí cerca, encendieron una hoguera y esperaron a que anocheciera. Staedtler creía que era mejor cazar por la noche, con el resplandor del fuego se podía atisbar suficiente parte de la llanura y, por otro lado, en la zona de oscuridad tendrían ventaja, ya que la bestia tampoco podría verlos. En el único punto en que no estuvieron de acuerdo fue en quién iba a hacer de anzuelo. Los marineros le rogaron que escogiese a uno de ellos. Si bien el comandante agradeció el gesto, también afirmó con rotundidad que lo haría él mismo. Unas horas más tarde las sombras de la noche cubrían la llanura. Aquellos cuatro hombres no dejaban de mirar a su alrededor, esperando. Por suerte no soplaba viento y la hierba permanecía quieta. Todos conocían perfectamente lo que debían hacer, aunque no podían disimular cierta intranquilidad, nunca se habían enfrentado con un enemigo desconocido. En un momento dado uno de ellos hizo un gesto a los otros. La hierba se estaba tronchando a poca distancia. Todos se levantaron a la vez y comenzaron a correr hacia el desfiladero con todas sus fuerzas. Staedtler, que iba deliberadamente el último, podía sentir el aliento fétido de la cosa. Sus marineros atravesaron los explosivos, cerca de la pared rocosa, que era el único sitio seguro. Él los siguió y unos metros después simuló que caía y se torcía el tobillo. Al llegar la bestia a la trampa, él rápidamente se pondría a resguardo en una abertura del desfiladero. Es cierto que se trataba de un plan arriesgado, pero sin el anzuelo tenía pocas probabilidades de funcionar. El caso es que observó que la hierba paró de troncharse justo antes de las minas. Aquella maldita bestia sospechaba algo, la habían subestimado, poseía inteligencia. Después se dio cuenta – por las huellas en la hierba – que se alejaba. El comandante llamó a sus hombres. Estos no habían escuchado detonación alguna y comprendieron enseguida que el plan había fallado. Estaban todos en el desfiladero, comentando lo sucedido, cuando de improviso uno de ellos gritó y salió literalmente volando por el aire. La cosa había dado la vuelta. Era ella quien los cazaba ahora. Staedtler, en un intento desesperado, comenzó a disparar con su pistola hacia la oscuridad. Los otros salieron corriendo y, como estaban completamente trastornados por el terror, pisaron donde no debían pisar. Una luz cegadora precedió por un instante al estruendo.

Continuará

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