CLXV. El horror que vino de las profundidades

Un cielo de mayo radiantemente despejado y las aguas en calma. Nada hacía presagiar lo que iba a suceder en unos pocos segundos. El carguero británico surgió dentro de un círculo ante los ojos del comandante Staedtler. Después de la orden pudo observar la estela que trazaba el torpedo. Impacto. Aullidos de júbilo entre la tripulación mientras el barco enemigo desaparecía ardiendo en las oscuridades del Atlántico. Era 1944 y aquel submarino alemán podía atribuirse decenas de hundimientos, aún así cada objetivo alcanzado era celebrado como una victoria en su guerra solitaria. Cuando se escuchó el inconfundible palpitar de un sonar, todos enmudecieron. El comandante mandó descender enseguida. Su rostro sombrío delataba que conocía que estaban siendo perseguidos por un buque de guerra. De manera que aguardó con nervios de acero las cargas de profundidad. Los marineros miraban hacia arriba. Una explosión distante rompió el tenso silencio. Poco a poco se fueron aproximando. Staedtler, instintivamente, se aferró a una tubería. En aquel mismo momento se produjo una violenta sacudida y comenzaron a surgir vías de agua. Una carga había detonado demasiado cerca del casco. Otra más y sin duda el final. La suerte acompañó a aquellos hombres y las explosiones se alejaron. Sin embargo pronto llegaron malas noticias desde la sala de máquinas. Los motores diesel habían sido seriamente dañados, de forma que debían salir a superficie y continuar la navegación utilizando los eléctricos. Asimismo había otro problema, el radiotelegrafista no podía establecer comunicación.

Los oficiales repasaron infructuosamente los mapas. Estaban separados por miles de millas de cualquier costa. Un blanco perfecto. Las posibilidades de salir con éxito eran mínimas. El comandante no ocultó a sus hombres la realidad –habían convivido demasiado tiempo en aquel vientre metálico como para tomarlos por estúpidos, por otro lado tenía una confianza absoluta en ellos–. Todos contestaron que no temían a la muerte. Staedtler sonrió. Sabía que no lo hacían por el nazismo, ni siquiera por el Tercer Reich, sino por él, la tripulación lo seguiría hasta el fin del mundo, porque ellos también sabían que su comandante no los abandonaría nunca.

Continuará

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