CLXVI. El horror que vino de las profundidades

Aunque lo cierto es que no todos lo apoyaban con tanto entusiasmo. El teniente Dorff tenía muy claro que no se arriesgaría por nadie. Descendía de una familia de aristócratas prusianos, había estudiado Filosofía y Letras en la universidad de Heidelberg y estaba afiliado al partido nacionalsocialista –siempre comentaba con orgullo que en una ocasión había estrechado la mano del mismísimo Adoplh Hitler–. En definitiva, un presuntuoso insoportable. Los marineros lo toleraban porque era su superior, pero a sus espaldas se burlaban y reían. Dorff fingía no enterarse, se había fabricado una personalidad a su medida, deseaba ser algo que no podía ser, y por este motivo admiraba y odiaba a la vez a su comandante, aquel hombre con duros ojos grises y barba de varios días representaba su concepción del héroe moderno, un navegante que luchaba incansablemente desde las profundidades silenciosas y oscuras. Su experiencia en el submarino le había demostrado, de manera tan cruda como sólo puede hacerlo una guerra, que nunca llegaría a ser como Staedtler, no podía disimular un auténtico terror cuando entraban en acción, incluso en el ataque anterior había sufrido temblores por todo el cuerpo.

Se sucedieron los días sin novedad. La única esperanza era cruzarse con otra nave alemana. El comandante ocupaba la mayor parte de las horas en la torreta, oteando con sus prismáticos el horizonte azul. Todavía contaban con provisiones para una semana más. La moral entre los marineros era alta. Más de uno hubiera pensado que se habían vuelto completamente locos. Quizá lo estaban. Staedtler prefería morir combatiendo que de hambre, él era un guerrero, qué mejor final que una batalla contra un buque enemigo. Sólo había una cosa que enturbiaba su ánimo: una hermosa joven de cabellos dorados con la que se había casado hacía poco.

Dos semanas después se esperaba el desenlace con resignación. Y a pesar de todo el comandante continuaba subiendo a la torreta. Una de aquellas veces observó que a escasas millas se estaba formando niebla. De improviso apareció algo que en un principio creyó espejismo, así que pasó sus prismáticos a los otros oficiales, para salir de dudas. Tanto el teniente Dorff como el alférez Emmerich confirmaron lo que su superior había visto. Una isla. Alrededor de los 20º latitud norte, 35º longitud oeste. Era imposible, pensaron, en los mapas no había isla alguna. No importaba, la cuestión es que se habían encontrado con una posibilidad de sobrevivir, al menos de momento. Los marineros celebraron la noticia como si hubiesen hundido un acorazado enemigo. Al poco el submarino se hallaba fondeado en una cala.

Continuará

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: