CLXVII. El horror que vino de las profundidades

Se organizó un grupo expedicionario. La prioridad era recoger cualquier tipo de alimento. Así que se adentraron en el bosque que comenzaba tras las arenas de la playa. La luz del sol apenas llegaba a través de unos abetos altísimos. No parecía haber animales en aquella isla, ni siquiera se escuchaban pájaros, era todo muy extraño. Después de caminar un buen rato salieron de aquella penumbra. El comandante pensó de nuevo si se trataba de un espejismo, pero todos observaron las mismas ruinas de una ciudad. Más allá de las murallas asomaban algunos pináculos y torres, construcciones fantásticas, que sin duda pertenecían a una civilización remota y olvidada. Fue atravesando el colosal arco de entrada cuando realmente se dieron cuenta que estaban pisando un lugar que hacía milenios que nadie habitaba. Dorff se preguntó si no se hallarían en la Atlántida. Lo cierto es que todos los indicios apuntaban a ello. Estaba emocionado. Serían los alemanes los descubridores de uno de los pocos mitos que quedaban en el siglo XX, superarían de lejos los hallazgos de Colón y Amundsen, una victoria para la causa nazi. Staedtler tenía otros intereses, teniendo en cuenta la situación en que se hallaban, no le interesaba malgastar el tiempo en aquella ciudad decrépita, allí no encontrarían cosas para subsistir, como por ejemplo latas de conserva o una radio para comunicarse a larga distancia. De todas maneras, tanto insistió el teniente –a menudo le recordaba a su sobrino pequeño–, que decidió prolongar la exploración de las ruinas por el plazo de una hora. No convenía que llegase la noche sin haber encontrado un refugio, porque si bien era bastante improbable que apareciese un barco o avión enemigo, desconocían los peligros que pudiera depararles aquella isla misteriosa.

Así que el teniente tuvo que concretar en medio de aquella vasta ciudad. Su atención se detuvo en un edificio, bastante bien conservado por cierto, que debía de haber sido un templo en los tiempos precataclísmicos. Junto a dos marineros recorrió aquellas salas de mármol, rodeados por columnas gigantescas y un silencio que no se había roto durante siglos. Hasta que descubrió una losa en el suelo que tenía una argolla, con toda seguridad, pensó, se trataba de una puerta que llevaba hacia alguna cámara secreta. Pidió ayuda y, no sin esfuerzo, pudieron abrirla. Surgió un olor nauseabundo. Aunque los escalones invitaban a entrar. Dorff se tapó la nariz con uno de sus pañuelos de seda y, sin pensárselo, comenzó a descender entre una oscuridad apenas sondeada por el débil haz de luz de su linterna. Sus subordinados se miraron entre ellos y al final optaron por seguirlo. El teniente se hallaba cada vez más excitado, y también inquieto, casi podía palpar con sus dedos la malignidad que encerraba aquel subterráneo. Los escalones parecían no acabarse nunca, adónde se estaban metiendo. Al poco vislumbró otra puerta. Esta vez se encontraba abierta. Se quedó boquiabierto. Una cámara tan descomunal que la linterna no podía abarcarla. El hedor era más fuerte allí, seguramente, pensó, a causa de la acumulación de gases malsanos en aquellos subterráneos. Lo más extraño es que estaba completamente vacía. ¿Con qué finalidad debieron usarla? Dorff, en su disparatada imaginación, había esperado encontrar un tesoro o algo similar. Los marineros le recordaron que ya era hora de regresar. Él les contestó que solamente echaría un vistazo. Unos pasos más, y descubrió cadenas y grilletes. Por su increíble tamaño no podían estar hechas para seres humanos, ni tampoco para animales, al menos de los conocidos. En aquel momento se escuchó un grito. Sonaba lejano, pero no había duda que había sido un grito, algo estaba sucediendo arriba. Subieron todo lo rápido que pudieron. Afuera del templo se dieron cuenta que la tripulación estaba reunida entorno a algo, como observando. Cuando el teniente se aproximó para curiosear, tuvo que reprimir él mismo otro grito. Uno de los hombres yacía en el suelo horriblemente destrozado.

Continuará

A %d blogueros les gusta esto: