CLXVIII. El horror que vino de las profundidades

Staedtler ordenó abandonar las ruinas inmediatamente. Era evidente que aquel lugar no era seguro, alguna clase de animal había atacado al desdichado marinero, el caso es que nadie había podido ver ni ayudar. Se encaminaron hacia el submarino con rapidez. No tardaría en anochecer. Una vez llegados a la nave el comandante convocó a toda la tripulación. Comenzó diciendo que ningún hombre, bajo ningún concepto, se apartaría de los demás en las exploraciones, debían permanecer juntos. Asimismo, y esto lo comentó mirando seriamente a Dorff, la ciudad en ruinas pasaba a ser lugar prohibido y nadie podía volver a entrar en ella. La prioridad continuaba siendo la alimentación y no la arqueología.

Al día siguiente salió una nueva expedición. Esta vez el teniente no los acompañaba. Recorrieron el bosque en otra dirección. Todos estaban alerta, con sus armas a punto, por si aparecía aquel maldito animal. Sin embargo no se cruzaron con nada. El comandante sabía que eso no era su único problema, porque lo cierto es que hacía ya una semana que no habían comido. Tenía que haber algo que llevarse a la boca en la isla. Incluso podía servir aquella bestia, lo difícil sería cazarla. Un rumor lo sacó de estos pensamientos. Rumor de agua cayendo con intensidad. Al poco apareció ante ellos una cascada que iba a parar a un pequeño lago. Cuando alguien distinguió un pez, la euforia se desató entre todos. El propio Staedtler se quitó su sucio uniforme y se bañó en aquellas aguas cristalinas. Aquel lugar les parecía el paraíso. Después de recoger suficiente provisión de pescado– no sin antes haberlo probado en una improvisada hoguera– emprendieron la vuelta.

Alegres y con el estómago lleno se confiaron quizá demasiado. El caso es que, repentinamente, todos vieron cómo uno de ellos ascendía por el aire, como volando, y comenzaba a sangrar abundantemente mientras surgían por su cuerpo espantosas heridas. ¿Pero dónde estaba el animal? Tras unos segundos de confusión se pusieron a disparar contra lo que fuera que estaba descuartizando a su compañero. Al acto este cayó al suelo. El comandante comprendió que aquella cosa invisible se había movido y ordenó que cesase el fuego. Y otra vez la misma pregunta. ¿Dónde estaba? Cuando vio que los helechos que había a su derecha se tronchaban sólo le dio tiempo a lanzarse al suelo. Algo rozó sus cabellos. Después escuchó gritos y disparos. Se atrevió a levantarse y observó una escena de pesadilla. Sus hombres saliendo despedidos por el aire, destrozados, la sangre caliente inundaba la maleza. Tuvo una idea. Hizo que los que todavía quedaban en pie formasen un círculo, de manera que sus balas cubrían todas las direcciones. Un terrible bramido resonó por todo el bosque. Debían de haber herido a la bestia. De todas maneras continuaron disparando hasta vaciar los cargadores. Repusieron las municiones y esperaron. Nada parecía moverse a su alrededor. Aquella cosa que no se podía ver había huido.

Continuará

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