CLXX. El horror que vino de las profundidades

A la mañana siguiente el comandante se despertó cubierto de tierra y sangre seca. No parecía que tuviera heridas importantes. En cambio sus hombres habían tenido peor suerte, los cadáveres estaban horrorosamente desintegrados por toda la llanura. Un pensamiento cruzó en aquel momento su mente. Si los demás habían muerto y él mismo había estado a punto, es probable que la bestia también hubiera muerto o al menos estuviese herida. Así que arrancó una rama de un arbusto e improvisó una vara. Fue agitándola en el aire, como un invidente que camina por un lugar desconocido, deseando hallar algo sólido. No encontró nada. Había desaparecido sin dejar rastro. Parecía imposible matarla. Staedtler estaba cansado y desconcertado. Sus hombres habían estado luchando tantos meses dentro del submarino para acabar estúpidamente despedazados en aquella isla del diablo. No se lo merecían. Sin embargo el comandante nunca se había rendido y comenzó a desandar la ruta que habían hecho. Atravesando el denso bosque de abetos pudo escuchar unas voces. Agarró su pistola. Luego una maldición en silencio. Recordó que había gastado toda la munición la noche anterior. Esperó con impaciencia. Al final una sonrisa se dibujó en su rostro. Las voces eran alemanas. Eran de su tripulación. Como no habían tenido noticias desde el día anterior, habían decidido ir a buscarlos por la mañana. Sólo se había quedado Dorff, que dijo que no debían abandonar el submarino y les amenazó con un consejo de guerra. Realmente aquel joven estaba chiflado.

Cuando llegaron a la cala donde estaba fondeada la nave, descubrieron desgraciadamente que no se hallaban solos. La cosa invisible los había estado esperando. Y otra vez la sangre salpicó todo. Staedtler comprendió que ya nada podía hacer por los otros, su única posibilidad era escapar. Sin pensárselo se tiró de cabeza a las aguas y nadó lo más rápido que pudo. El teniente, que estaba en la torreta, le ayudó a subir, cerrando después la escotilla. Solamente quedaban ellos dos. En un submarino averiado, sin radio y con una bestia insaciable aguardando a que salieran. Lo cierto es que su futuro era bastante oscuro.

Continuará

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