CLXXI. El horror que vino de las profundidades

Como ya había venido demostrando, el comandante poseía una increíble tenacidad. Si había sobrevivido hasta ese momento, ¿por qué no podía continuar su racha de buena suerte? Por supuesto que sabía que a todos los guerreros les aguarda un día final, pero creía sinceramente que todavía no le tocaba. Tenía que pensar algo definitivo para acabar con la cosa invisible. Esa era la cuestión. Aquella batalla no la ganaría el más fuerte, sino el más inteligente. Por otro lado no podía contar con Dorff, que se había trastornado completamente y vagaba por la nave como alma en pena, murmurando disparates del tipo que la bestia había sido creada por científicos norteamericanos. Durante las horas siguientes Staedtler estuvo madurando un plan. Lo primero que hizo es vaciar los tanques de combustible. Luego subió a cubierta y comenzó a gritar, intentando llamar la atención de su perseguidor. Este, que rondaba por las rocas, entró en el agua con un chapoteo estrepitoso. A medida que avanzaba se iba impregnando de fuel. Es lo que pretendía el comandante. Esta sustancia negra y pegajosa consiguió que la cosa dejase de ser invisible. Ante sus ojos atónitos fue apareciendo, debía de medir unos seis metros de altura y no se asemejaba a ningún animal de este mundo. Staedtler consiguió salir de su asombro y corrió hasta la ametralladora. Ahora tenía un objetivo claro. De todas maneras, en un bolsillo llevaba una caja de fósforos, por si las balas no eran suficientes. Empezó a disparar implacablemente. Entre el traqueteo y los bramidos, escuchó una voz. Era el teniente. En un momento de lucidez mental pidió, en realidad suplicó, al comandante que le dejara la ametralladora, que se alejase de allí y terminara todo con fuego. Staedtler dudó unos segundos, nunca le había caído bien Dorff, pero era uno de sus hombres. La situación era extrema. De repente el teniente le soltó un puñetazo tan fuerte que cayó al agua. El comandante entendió y, tras cruzar un saludo militar, se marchó nadando. Finalmente Dorff había logrado su sueño. Convertirse en héroe. Staedtler, una vez en la orilla contraria, lanzó un fósforo a las aguas oscuras. Mientras tanto el teniente había sido atrapado por las garras de la bestia. Aunque no sufrió. En un abrir y cerrar de ojos una violenta explosión arrasó toda la cala. El comandante, herido pero satisfecho por aquella dura victoria, se desmayó sobre las arenas de la playa.

Despertó veinte horas más tarde. En una cama con sábanas limpias. A su lado había un doctor. Este le explicó que se hallaba en un destructor de la marina estadounidense. Staedtler le preguntó si habían encontrado algo, algo extraño, como un animal de grandes dimensiones. El doctor creyó que deliraba pero, ante la insistencia de su paciente, contestó que no les había dado tiempo a explorar porque lo rescataron justo antes de que la isla se hundiera. Al salir del camarote le aconsejó que no se preocupara más y que descansase. El comandante pensó que era preferible ser un prisionero bien atendido que un cadáver destrozado por una bestia. El sueño de los calmantes comenzó a invadirlo. Sin embargo un escándalo de gritos y disparos lo sacó de su estado. Aún débil, se levantó y abrió la puerta. Quizá se habían topado con un barco de los suyos. Se equivocaba. En cubierta sólo había marineros ensangrentados volando por el aire y otros que disparan hacia la nada.

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