CLXXII. Misterio en el Neguev

Millares y millares de estrellas titilaban interminablemente. Las dunas se recortaban como masas oscuras, mientras un ligero viento barría la arena. En aquella remota parte del desierto se hallaba acampada la XII legión romana, después de haber reconquistado casi todas las provincias orientales, y con destino a la antigua y legendaria ciudad de Petra. Un silencio impresionante dominaba el campamento hasta que llegaron los gritos de los centinelas.

– ¡General, general!- Gritó un soldado, entrando en la tienda del general Pompeyo.

– ¡Por Júpiter! Espero que tengas un buen motivo para haberme arrancado de esta manera de mis sueños.- Contestó Pompeyo un tanto enojado. Era sobradamente conocido por todos su malhumor siempre que se le despertaba.

– Así es. Un extraño prodigio está sucediendo en los cielos.

– ¿Se trata de los árabes?

– No lo sé, general.

– Está bien, está bien.

El general únicamente se calzó las sandalias y, vestido con una túnica de lino, salió afuera enseguida. Los centinelas señalaban hacia un determinado punto del cielo. Pompeyo se quedó pasmado. Una colosal bola de fuego estaba cayendo desde las alturas.

– ¿Qué crees que pueda ser?- Preguntó Máximo, uno de sus oficiales y amigo desde la infancia.

– Lo cierto es que ni tan siquiera los dioses podrían decirlo.- Contestó el general.

– Es como si el mismísimo astro Sol se hubiera desprendido del firmamento.

– Tal vez.

– ¿Y si fuese un arma secreta de nuestros enemigos?

– Es lo primero que me ha venido a la mente, sin embargo, no creo que esas pobres tribus de árabes posean el ingenio necesario para fabricar un artefacto de tal magnitud.

– De todas maneras deberíamos investigar de qué se trata.

– ¿Qué me aconsejas?

– Puedes enviar exploradores al lugar adonde se encamina esa misteriosa esfera, no debe de estar a más de una jornada a caballo, mientras tanto la legión proseguiría la travesía sin demora.

– Está bien. Una vez más me obsequias con tu buen juicio, Máximo.

– Y tú, amigo, me adulas sin motivo como siempre.

Poco después partieron dos experimentados jinetes y conocedores del desierto del Neguev. Pompeyo, en realidad, no estaba completamente seguro de que no se tratara de un arma inventada por los árabes, sabía que desde hacía siglos venían desarrollando una vasta e intensa actividad en todas las ciencias, desde la astronomía a la matemática.

Continuará

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