CLXXIV. Misterio en el Neguev

La reunión se prolongó hasta la madrugada, se fueron vaciando y llenando las plateadas copas de vino, y los ánimos de los oficiales se encendían aún más en cada palabra que pronunciaban. Pompeyo, visiblemente cansado, decidió poner fin a un coloquio en el cual había pareceres bastante opuestos, dando las gracias a todos y asegurando que meditaría sobre sus ideas bajo las estrellas, el resultado se anunciaría al amanecer. Al salir de la tienda Máximo se quedó el último y, sin que lo vieran los otros, cogió al general por el brazo.

– Si es de tu gusto, podemos conversar un poco más.- Sugirió el oficial.

– Te lo agradezco pero me encuentro fatigado, por otra parte necesito estar solo para reflexionar con serenidad y justicia.- Dijo Pompeyo.

– No es mi intención influir en tu deliberación.

– Por supuesto que no, bien sé que lo único que deseas es ayudarme, mi buen amigo.

– Decidas lo que decidas, estaré a tu lado.

Aquella fue otra noche en vela para el general, a pesar del robusto vino de Hispania no cayó en el sueño, las dudas sobre lo que debía hacer mantenían sus sentidos trabajando. Cuando las tonalidades rosadas de la aurora cubrían el cielo sobre el desierto, ya había formado en su tenaz mente una determinación: una centuria[1] de la caballería partiría para explorar, mientras tanto el grueso de la legión permanecería acampado junto a un oasis que se hallaba a solamente una jornada de Petra. La decisión de Pompeyo fue acogida de diversa manera por los altos oficiales. Augusto y Octavio se manifestaron contentos, Máximo mantenía un rostro de indiferencia pero en su interior persistía la idea de atacar la ciudad lo antes posible, y Catón no podía disimular la discrepancia – curiosamente no volvió a presentarse para comandar el grupo expedicionario -. Al poco la unidad de caballería, que contaba también con guías reputados, emprendió la marcha. Todos esperaban que esta vez se resolviera el misterio de la bola de fuego. Asimismo todavía guardaban la esperanza de hallar con vida a los anteriores exploradores, quizá se habían entretenido por algún motivo o quizá habían sido hechos prisioneros.

La legión llegó al oasis. El general pudo dormir unas cuantas horas seguidas, se encontraba más tranquilo después de la decisión que había tomado, tenían que esperar pero al menos se trataba de una espera confiada. En cambio, Máximo se mordía los nudillos de la mano por la impaciencia, su objetivo estaba a tiro de piedra y sabía que no podía alcanzarlo hasta que regresase el grupo expedicionario.

Continuará

 

[1] Centuria. Unidad compuesta por cien legionarios romanos

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