CLXXIX. Misterio en el Neguev

Al mediodía siguiente Pompeyo llamó a la puerta de Máximo.

– ¿Puedo pasar, mi buen amigo?- Preguntó el general.

– Mi puerta siempre está abierta para ti.- Contestó el oficial.

– Todavía no puedo creer que hayáis llegado.

– ¿Acaso no te alegras?

– Ciertamente que me alegro. Desde que partisteis apenas he podido conciliar el sueño, cavilando sobre vuestra fortuna y los peligros que os acechaban en las arenas.

– Como bien puedes observar, tus temores eran vanos.

– Hace dos noches apareció una misteriosa luz en el cielo tras un estruendo que nunca antes había escuchado, ¿sabes qué sucedió?

– Nosotros estuvimos allí. Anochecía ya cuando escuchamos como un trueno que rasgara los cielos, unos cuantos legionarios y yo descabalgamos, y nos arrastramos cautelosamente hasta llegar a la cima de una duna, lo que observamos nos dejó sin habla, todo esto ha sido un prodigio, porque allí, sobre nuestras asombradas cabezas, flotaba una colosal esfera que desprendía una luz tan intensa como el propio Sol, al poco desapareció entre la oscuridad sin que apenas pudiésemos darnos cuenta.

– Ha sido una verdadera suerte que hayáis salido indemnes. Sin duda se trata de potencias que sobrepasan la mano de los hombres…

– No estoy tan seguro de esa cuestión.

– ¿Por qué?

– Creo que los que fabricaron la maldita esfera eran tan hombres como nosotros, antes de que fuera engullida por la nada pude distinguir unas letras en su superficie, la forma era algo distinta pero pertenecían al mismo alfabeto que usamos los romanos, siempre las recordaré: USAF[1].

– Ciertamente es un asunto del todo misterioso, no sé qué puedan significar esas letras.

– Quizá algún día lo sabremos.

[1] Siglas de las Fuerzas Aéreas estadounidenses (United States Air Forces)

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