CLXXV. Misterio en el Neguev

Transcurrieron tres jornadas sin noticias. Los murmullos de algunos legionarios se convirtieron en quejas abiertas, la espera y la inactividad comenzaba a hacer mella en aquellos hombres que llevaban años luchando incansablemente, necesitaban algo que cambiara aquella situación en la cual estaban anclados. Y cuando parecía que nada iba a suceder, llegó un jinete al campamento entre las sombras de la noche. Era uno de los exploradores de la centuria de caballería. Se encontraba malherido, seguramente no le quedaba mucho tiempo de vida, así que el propio Pompeyo se encargó de interrogarle.

– Agradezco profundamente tu valor, soldado, y por el bien de todos tus compañeros y el de Roma ruego que nos narres lo que os ha sucedido en las pasadas jornadas.- Comenzó el general.

– Primeramente debo deciros que aunque me halle en el estado en que me veis, conservo sano aún mi juicio, os hago esta advertencia porque lo que voy a narrar a continuación os parecerá un sinfín de disparates propios de un enajenado, pues bien, como sabéis ya, partimos buscando el rastro de la maldita esfera, debéis disculparme, pero es que sólo nos ha traído infortunios, el caso es que nuestros ánimos eran altos y teníamos la convicción de encontrar respuestas, cabalgamos sin reposo hasta que al atardecer pudimos observar algo en la lejanía, nos acercamos y descubrimos que se trataba de tres seres, de alguna manera parecían hombres, pero tenían una enorme cabeza oscura sin rostro y la piel de sus cuerpos brillaba de pálida que era, ciertamente eran como esas abominaciones que salen en las fábulas antiguas, de manera que nos atemorizaron y cuando uno de estos seres alzó un brazo, los arqueros no dudaron un segundo en disparar sus flechas contra ellos, entonces los dioses nos abandonaron, ahora creo que tal vez eran ellos mismos sus mensajeros, porque de unos artilugios que portaban comenzaron a salir rayos de luz, una luz que sembró la muerte y la destrucción entre nosotros…

– Así pues, ¿estás seguro que no se trataba de nuestros enemigos árabes?

– Completamente, aquellos seres no podían ser hombres, además, ahora que recuerdo, llegaron a articular palabras de lo que debía de ser su lengua, y creedme, he recorrido un sinfín de lugares por todo el mundo conocido y jamás he escuchado aquella lengua, ni siquiera una parecida.

– Pero si no eran hombres como nosotros, ¿qué o quiénes eran?

– Ya os he dicho que podría tratarse de los mensajeros de los dioses, o incluso de los propios dioses, que pretenden castigarnos por alguna causa que ignoramos.

– ¿Y eres tú el único que ha quedado con vida o hay más compañeros tuyos vagando por las arenas?

– Os puedo asegurar que soy el único, los otros han ido a reunirse con Plutón[1].

– Está bien, soldado, todo lo que nos has narrado es de provecho, ahora descansa.

Continuará

[1] Dios de la muerte en la mitología romana

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