CLXXVI. Misterio en el Neguev

Pocas horas después aquel legionario falleció. Pompeyo y sus oficiales – que habían estado presentes en el interrogatorio – no podían dar crédito a la fantástica narración.

– Decidme, con franqueza, ¿qué opináis de todo esto?- Preguntó el general.

– Es difícil creer que solamente tres hombres o cualquier cosa que sean hayan aniquilado una centuria completa.- Afirmó Máximo.

– Podría tratarse precisamente del arma secreta de los árabes.- Intervino Catón.

– Realmente, amigo mío, estás obsesionado con nuestros enemigos.- Replicó Máximo.

– Si fuese cierto lo que nos ha contado el desdichado, ya sean árabes o dioses, tenemos un problema.- Afirmó Octavio.

– Un problema que podría aniquilar toda una legión.- Murmuró Catón.

– No es necesario exagerar la cuestión, sólo tenemos el testimonio de un legionario que ha pasado demasiadas horas bajo el sol y sin llevarse nada a la boca.- Dijo Máximo.

– ¿Quieres decir que podía tener el juicio trastornado?- Preguntó Augusto.

– Es bastante probable.- Contestó Máximo.

– Sin embargo debemos tener en cuenta también la otra posibilidad, por extraordinaria que nos parezca, depende la seguridad de todos nosotros.- Afirmó Octavio.

– ¿Y qué me decís si hay más supervivientes?- Preguntó Máximo.

– El legionario ha dicho que los demás han muerto.- Contestó Catón.

– ¿Vas a creer a un hombre que tal vez perdió la razón?- Replicó Máximo.

– Es posible que haya más supervivientes, sin embargo creo que hemos perdido demasiados exploradores, asimismo, teniendo en cuenta la proximidad de Petra, debemos llegar lo antes posible y comenzar el asedio, y para eso necesitamos todos los legionarios disponibles.- Afirmó Augusto.

– También considero que nuestro objetivo principal es Petra, pero no podemos abandonar a nuestros hombres en el desierto.- Dijo Máximo.

– Sería un mal menor.- Añadió Catón.

– Nunca he creído que haya males de diferente grado.- Replicó Máximo, un tanto indignado.

Como la anterior reunión, se prolongó más de lo necesario y Pompeyo tuvo que concluirla antes de perder los nervios. Parecía que sus oficiales no se ponían de acuerdo en nada, de todas maneras tenía en cuenta sus opiniones, creía que en cada una de ellas había parte de razón. Y de nuevo debía decidir sobre el destino de la legión que comandaba, una responsabilidad que últimamente le robaba demasiadas horas de sueño.

Cuando apenas despuntaba el alba un centinela anunció que se acercaban varios jinetes. Pompeyo salió enseguida de su tienda, pensando que se trataba de más exploradores, sin embargo, observando bien sus ropajes, se dio cuenta de que se había equivocado. Eran árabes. Sin duda sus enemigos ya estaban advertidos de su venida y probablemente pretendían negociar, pero el general tenía muy claro que solamente aceptaría una rendición incondicional. Al poco llegó un traductor y el general le ordenó que comunicase a los emisarios árabes que los romanos no admitían condiciones. Al escuchar lo que contestaba uno de los emisarios, el intérprete comenzó a palidecer. Pompeyo se hallaba confuso. ¿Por qué aquel rostro de miedo? ¿De qué estaban hablando? ¿Acaso de un arma nueva y terriblemente destructiva?

Continuará

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