CLXXVIII. Misterio en el Neguev

Aunque Máximo deseaba partir enseguida, Pompeyo no se lo consintió hasta un par de jornadas después, habiendo descansado todos en la ciudad de Petra. Llegado el momento las unidades de media legión formaron en varias filas a lo largo de la calle principal. Lanzas y espadas brillando afiladas, uniformes intachablemente limpios, y rostros alzados y desafiantes. El general estaba orgulloso de sus hombres. Aquellos legionarios romanos, que hacía tan sólo unos días eran considerados como invasores por los ciudadanos árabes, eran ahora despedidos como héroes, entre gritos de júbilo y flores. Pompeyo no pudo evitar que sus ojos se humedeciesen levemente, observándolos desfilar hacia una muerte casi segura, porque lo cierto es que se iban a enfrentar al enemigo más terrible de todos los que habían conocido.

La noche siguiente un estruendo despertó a toda la ciudad. El general salió al balcón de su aposento y pudo ver una misteriosa fosforescencia. Un determinado punto del horizonte. Sin duda estaba relacionado con los seres y la esfera de fuego. Quizá estaban en peligro los hombres que habían partido. Un primer pensamiento le impulsaba a partir con el resto de la legión en su ayuda, sin embargo al poco reflexionó y comprendió que lo más sensato era quedarse esperando, amparados por las murallas y defensas. La incertidumbre estaba a punto de destrozar sus nervios de acero. Como venía siendo costumbre últimamente, apenas durmió, pasó horas y horas apoyado en la barandilla de mármol, observando incansablemente el cielo. La fosforescencia fue desapareciendo hasta volver a ser una noche típica de desierto. Ante aquel manto infinito de estrellas el general siempre se había preguntado si morarían gentes en alguna de ellas, y aquella vez fue más allá y se preguntó si aquellos seres extraños provenían precisamente de una estrella distante, eso explicaría que no fuesen como nosotros, su anatomía y lengua desconocidas, de todas maneras, pensó, se trataba de divagaciones propias de la imaginación, no poseía una sola prueba de su origen, ni siquiera los había visto, únicamente contaba con un par de testimonios.

Todos esperaban la llegada de los héroes, aunque a medida que transcurrían las horas la ilusión fue decayendo, tal vez habían tenido el mismo destino que los otros exploradores y el ejército árabe. Incluso Pompeyo comenzaba a plantearse la fatal posibilidad. Se prometió a sí mismo que si finalmente eso sucedía, tanto él como el resto de sus hombres derramarían hasta la última gota de sangre en venganza. No fue necesario. Tras dos interminables días atravesó el arco principal de Petra la otra mitad de la legión –al completo, no faltaba un solo legionario-. Máximo no dejó de sonreír a los ciudadanos, que manifestaban su gratitud de manera vehemente, sin embargo su rostro evidenciaba fatiga y seguramente algo más. El general se hallaba impaciente por hablar con su amigo, aún así le ordenó que satisficiera su hambre y sed, y reposase al menos una noche, luego dispondrían de todo el tiempo que quisieran.

Continuará

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