CLXXVII. Misterio en el Neguev

– ¡Por Júpiter y todos los dioses! ¿Qué ha dicho?- Preguntó bruscamente el general.

– No os lo vais a creer, general.- Contestó el traductor.

– Soy yo quien debe decidirlo, ahora traduce palabra por palabra lo que ha dicho.

– En primer lugar quieren hacernos saber que no pretenden negociar sino pedir protección…

– ¿Protegerlos? ¿De quién?

– Hace varias jornadas divisaron una bola de fuego que caía desde los cielos, de modo que enviaron exploradores, pensando que podía ser un arma inventada por nosotros, como no regresaban, organizaron un ejército con las tribus que se habían congregado en la ciudad, cerca de dos mil guerreros, pues bien, de los que partieron solamente volvieron unos pocos, que aseguraban que tres seres de enorme cabeza y piel tan blanca como el nácar habían destrozado la casi totalidad del ejército con unos rayos tan cegadores como los del Sol.

Pompeyo, que siempre tenía algo que decir, se quedó mudo por completo, en su interior había comenzado un intenso debate, no podía ni quería creer que existieran aquellos seres, unos seres más propios de los mitos, en sus numerosos viajes por todo el mundo conocido nunca los había visto ni había sabido de alguien que los hubiese visto, sin embargo ahora se encontraba con la prueba de su existencia, la descripción de su explorador coincidía odiosamente con la de los árabes y eso solamente significaba una cosa, no es que fuera una persona especialmente supersticiosa, pero pensó que la esfera que cayó bien pudo haber sido un mal augurio, el caso es que ya no sabía realmente qué creer, aquel descubrimiento removía los sólidos pilares de la razón, en la cual siempre había creído, finalmente la voz de Máximo le hizo recuperar la entereza.

– ¿Qué te sucede, Pompeyo?- Preguntó su amigo.

El general le explicó lo que había dicho el emisario árabe.

– Es prodigioso, ni yo mismo alcanzo a creerlo, sin embargo considero que debemos actuar en consecuencia, mi consejo es dejar en la ciudad la mitad de la legión y enviar la otra mitad en busca de esos malditos seres, mientras tanto enviaría un mensajero hacia Jerusalén para pedir la ayuda de la X legión…

– ¿Pero no decías que era un error dividirnos?

– He cambiado de opinión, ahora sé que nos enfrentamos con un enemigo tremendamente poderoso, ambos sabemos que tenemos pocas posibilidades de vencer, sin embargo debemos luchar hasta el final, los romanos nunca nos hemos rendido tan fácilmente, ¿no?

– Ciertamente que no. Antes de que cualquiera de mis oficiales hable, es mi deseo que seas tú mismo quien comande la parte atacante, si bien me pesa que vayas, ya que no solamente te aprecio como amigo sino también como si fueses un hermano, creo que contigo tenemos alguna posibilidad de triunfo, por supuesto más que con ese vanidoso de Catón.

– No sólo es tu deseo, sino también el mío.

– Sabía que estarías de acuerdo.

Continuará

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