CLXXX. Criaturas fronterizas

[…] Mino, juguemos a que el cristal se hace blando como gasa, para que así podamos traspasarlo. ¡Pero cómo, si parece que realmente se transforma en niebla! ¡Ahora sí que va a ser fácil traspasarlo…!
Lewis Carroll, A través del espejo

Quien entre en mi casa y examine las diferentes habitaciones podrá descubrir un detalle cuando menos curioso, no hay un solo espejo, ni siquiera en el cuarto de baño, asimismo podrá hacerse múltiples suposiciones sobre la causa, sin embargo nunca –estoy completamente seguro– podrá llegar a imaginar lo que me impulsó a deshacerme de todos los que tenía.

Cuando me divorcié por segunda vez decidí que necesitaba un poco de calma en mi vida y adquirí esta casa. Se halla en una zona montañosa. No hay otra vivienda en bastantes quilómetros a la redonda. La elección fue deliberada. Deseaba aislarme de un mundo que había llegado a extenuarme. No quería saber nada de mis ex mujeres, de mi representante, ni siquiera de un hijo que vive al otro lado del estado y al cual apenas conozco. Mis únicos vicios son el whisky y una antigua máquina de escribir. Todo lo que escribía es porque realmente me apetecía, no tenía plazos editoriales que cumplir ni necesidades económicas. De manera que me sentaba ante la máquina y no me preocupaba si al final salían unas frases o unas páginas. A veces me distraía observando por la ventana, hipnotizado por la belleza de este bosque, después descubría que había transcurrido casi una hora, pero nunca tenía esa incómoda sensación de haber perdido el tiempo.

Toda esta serenidad desapareció repentinamente una noche. Había estado escribiendo como de costumbre, de hecho, en aquella ocasión había conseguido varias páginas decentes, el posible principio de una novela cuyo borrador había guardado en un cajón. Asimismo, encima de mi escritorio, había una botella de un viejo malta escocés, casi vacía, aunque todavía conservaba perfectamente mis cinco sentidos, señalo esto último porque es importante para la verosimilitud de mi historia. Subí al dormitorio. Ya en la cama apagué la lámpara de la mesilla. Al poco me di cuenta que había olvidado poner el despertador. No quise encender otra vez la luz, solamente tenía que apretar un botón, por otro lado, había cierta claridad que se colaba a través de la ventana. Cuando levanté la mano mi mirada pasó fugazmente por los espejos del armario, lo suficiente para notar una cosa extraña. Me paré a observarlos. Los latidos del corazón zumbaban en mis oídos. Allí había alguien. No podía distinguirlo, se trataba de una figura oscura, presente de manera insoportable. Permanecí unos segundos sin moverme. El silencio de la casa apenas era roto por el tic tac del despertador. Tragué saliva y muy lentamente me giré. Esperaba encontrar un ladrón o algo similar, sin embargo no había nadie. Confuso, volví a mirar los espejos, tampoco estaba la forma que había visto reflejada. ¿Qué diablos había sucedido? ¿Me había gastado una broma mi imaginación? ¿O simplemente se trataba de una sombra casual?

Continuará

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