CLXXXI. Criaturas fronterizas

La noche siguiente se repitió de manera irrefutable. Antes de dormirme, y habiendo apagado la lámpara, me quedé observando el armario, aquella vez intencionadamente. Pasó el tiempo y nada inusual aparecía en los espejos. De improviso lo vi. La figura negra estaba bien definida. Este hecho me desconcertó todavía más, ya que pude apreciar que no se parecía mucho a la de un ser humano, todo lo contrario, era como la de un simio deforme y grotesco. ¿Cómo diablos había entrado en mi casa? Recordé que la noche anterior sólo había surgido su reflejo, no había encontrado nada en mi dormitorio. Me giré enseguida para comprobarlo. Tampoco estaba. Pero al mirar de nuevo los espejos continuaba allí y diría que el animal, o lo que fuese, también me observaba. Debo reconocer que me inquietaba un tanto. Aquello traspasaba los límites de lo que se entiende por normalidad. De todas formas no estaba dispuesto a permitir que aquel intruso me dominara. Casi por instinto, encendí la luz, y desapareció como si nunca hubiese existido. Había aprendido algo importante. Aquella criatura se encontraba más a gusto entre la oscuridad.

Estaba completamente seguro que todo cuanto había visto era real. No se trataba de una alucinación producida por mi fantasía de escritor, o por el whisky – desde el incidente de la primera noche no había vuelto a tocar una botella -. Lo que no llegaba a comprender es por qué aquel ser nocturno solamente existía dentro de la superficie de los espejos. Siempre había creído que todo lo que se refleja corresponde a una cosa de la realidad. Lo cierto es que no podía dormir bien. Lo intenté en el sofá del salón, junto a una escopeta de caza que me habían regalado, y aún así no conseguía olvidar que había algo acechándome en un rincón de la casa. Era evidente que aquella situación no podía continuar. Estaba comenzando a perder los nervios. En contra de mi voluntad, tuve que pedir ayuda, era un caso de emergencia. Di muchas vueltas para elegir a quién llamaba. Mis ex mujeres estaban totalmente descartadas, sobre todo la segunda. Mi representante me hubiera tomado por un perturbado mental, de hecho, nunca había pensado que fuese una persona equilibrada. Y mi hijo probablemente no quería saber nada de mí. El asunto estaba difícil. Al final recordé a un viejo amigo, escritor como yo, quizá él fuera quien necesitaba.

Continuará

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