CLXXXVI. Criaturas fronterizas

– Buenas tardes, ¿ha tenido problemas para llegar hasta aquí? – Pregunté.

– Buenas tardes, en absoluto, ha sido un viaje encantador y, por favor, dime de tú. – Contestó la bruja.

– Bienvenida, siempre es un placer trabajar contigo. – Dijo el doctor.

– Gracias, lo mismo digo.

– Estos son Javier y Edgar, ambos escritores y amigos, y ella es Blanca, ya os he hablado antes. – Presentó el doctor.

– Espero que bien. – Bromeó la bruja.

– Si tienes paciencia hasta la noche, observarás con tus propios ojos lo que te he contado, es realmente asombroso. – Dijo el doctor.

– ¿Puedo hacerte varias preguntas? – Me preguntó la bruja.

– Por supuesto.

– ¿Había vivido alguien antes en esta casa?

– No, yo soy su primer y único propietario.

– ¿Y existía otra casa en este lugar?

– Antes sólo había abetos, como en el resto del bosque.

– ¿Has practicado alguna vez la ouija o alguna otra forma de invocación de los espíritus de los muertos?

– Nunca me han interesado esos temas.

– Supongo que tampoco los rituales de magia negra.

– ¿Quieres decir diabólicos?

– Sí, cualquier tipo de práctica destinada al daño de los demás.

– Como te he comentado, nunca me han interesado los muertos, los demonios ni otra cosa que no pudiera ver y tocar.

– Está bien, así que tenemos que descartar que hayas sido tú el causante de la aparición de la puerta, el tema se complica.

– Puede haber surgido por casualidad. – Intervino el doctor.

– Es posible. – Dijo la bruja.

– En este caso no es tan importante la causa como el efecto, desconocemos si la frecuente aparición de la puerta está afectando a nuestra realidad, según tengo entendido no es prudente mantener por largo tiempo un contacto con otra dimensión, de todas formas, estamos hablando teóricamente.

– Estoy de acuerdo contigo.

– ¿Crees que puedes cerrarla para siempre? – Pregunté.

– Lo único que puedo decirte es que lo voy a intentar. No es la primera vez que lo hago, aunque la verdad es que cada caso es completamente diferente, nunca se sabe con qué te vas a encontrar. – Dijo la bruja.

– Debo reconocer que cada vez me dejáis más tranquilo.- Murmuró mi amigo.

Y volvió a anochecer. Mi dormitorio me recordaba a uno de esos templos antiguos. Iluminado solamente por unas pocas velas, flotando en todas partes un aroma de incienso y otras hierbas, y en el suelo varios signos cuyo sentido ignoraba. Todo estaba preparado para empezar lo que el doctor Jiménez denominaba como acercamiento. Él se hallaba detrás de su videocámara, su amiga recitaba un ritual probablemente olvidado, y mi amigo y yo simplemente observábamos. Lo cierto es que aquella escena era un tanto siniestra. Como siempre, no tardó en aparecer el ser nocturno, reflejado con claridad. La bruja, que continuaba recitando, cerró los ojos y alargó su mano hacia el espejo.

Continuará

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