CLXXXVII. Criaturas fronterizas

– ¡Maldición! – Exclamó.

– ¿Qué sucede? – Pregunté con ansiedad.

– No puedo atravesar el espejo.

– ¿Acaso no funciona el ritual? – Preguntó el doctor.

– No estoy segura.

– ¿Qué quieres decir?

– Siento como si la criatura no me dejara entrar.

– ¿Y ahora qué hacemos? – Pregunté.

– ¿Por qué no prueba usted? – Me sugirió el doctor.

– ¿Yo?

– Es quien descubrió la puerta, tal vez se ha establecido algún tipo de vínculo entre usted y la criatura.

– Está bien.

Lentamente, y no sin cierto temblor, mis dedos se iban acercando hasta la superficie del espejo, cuando llegaron a tocarla no encontraron solidez -como hubiese sido lo normal– sino una sensación de vacío, algo muy extraño, como si el espejo se deshiciera, convirtiéndose en puro y simple aire, la cuestión es que mi mano parecía invisible, perdida en otra dimensión.

– Puede retirar ya la mano. – Dijo el doctor.

– Algo me está rozando.

– Es la criatura. Hágame caso y retire la…

Una garra helada se había aferrado a mi mano y me había arrastrado bruscamente hacia el otro lado. No podía ver. Estaba todo envuelto en una extraña oscuridad. Pude notar que el ser me soltaba y escuché cómo se alejaba con pasos que chapoteaban. Respiré aliviado. Me giré hacia el lugar por el cual había entrado y donde debería haber estado el espejo. Solamente había un muro impenetrable. Me preguntaba qué estarían haciendo los otros. Al poco un haz de luz chocó contra mi rostro. Deslumbrado, bajé la vista al suelo y, cuando la subí, descubrí al doctor Jiménez con una linterna, detrás le seguían mi amigo y Blanca, la bruja.

– ¿Se encuentra bien? – Preguntó el doctor.

– Perfectamente, gracias.

– Supongo que no ha podido ver a la criatura.

– Sólo he podido sentir su tacto frío.

– Lo importante es que no le ha sucedido nada. Parece que esos seres no son hostiles, al menos no lo han demostrado todavía.

– Ya que estamos aquí. ¿Y si damos una vuelta para explorar? – Sugirió mi amigo.

– Podría resultar peligroso. – Contestó el doctor.

– Has dicho que parece que no son hostiles.

– Ellos quizá no lo son, pero puede haber otras cosas.

En aquel momento el doctor Jiménez iluminó con su potente linterna los alrededores. Estábamos dentro de una ciénaga cuyos límites no se podían divisar. El agua tenía un extraño color rojizo, y en algunos puntos producía burbujas, como si estuviera hirviendo. Apenas había vegetación, algún tronco seco y limo extremadamente viscoso. Un olor nauseabundo vagaba por el aire. Aunque lo más inquietante era algo que podíamos escuchar de vez en cuando, bajo, lejano, como un bramido me atrevería a definir.

– ¿Y si comienzo el ritual para cerrar la puerta? – Sugirió la bruja.

– Antes deberíamos encontrarla. – Dijo el doctor.

– Pues me temo que tenemos un problema, cuando he entrado y me he girado, sólo he hallado un muro sólido. – Expliqué.

– Quizá explorar no sea tan mala idea. – Opinó el doctor.

Continuará

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