CLXXXVIII. Criaturas fronterizas

De manera que comenzamos a caminar por aquel páramo extraño buscando la puerta que nos devolviese a casa. Lo cierto es que todos estábamos preocupados, nos habíamos perdido en otra realidad y desconocíamos lo que nos esperaba. Por otro lado no pudimos hallar un solo rastro de la criatura. Aquello no me hizo la menor gracia, pues estaba convencido que sabía dónde estaba la puerta. Quien mostraba más optimismo era el doctor Jiménez, parecía infatigable, chapoteando y sondeando aquella terrible oscuridad con su linterna, sin duda tenía madera de líder, a su lado uno se sentía seguro y creía que todo era posible. Después de caminar durante varias horas sugirió que parásemos para descansar. Nadie se opuso. Teníamos los pies doloridos, y estábamos algo mareados a causa de aquella insoportable pestilencia. Sin embargo renunciamos a desanimarnos. Debíamos permanecer unidos y continuar la búsqueda, solamente era cuestión de tiempo.

– ¿Alguno de vosotros se ha preguntado qué haremos cuando se nos acaben las pilas de la linterna? – Dijo mi amigo.

– No hay que preocuparse de momento, llevo abundante provisión en la mochila. – Contestó el doctor.

– Siempre preparado para la aventura. – Murmuró la bruja.

– Después de viajar por cinco continentes he aprendido de los errores.

– Supongo que también llevarás comestibles. – Dijo mi amigo.

– Por supuesto. – Afirmó el doctor.

– ¿No habéis escuchado algo? – Interrumpí.

– ¿Qué deberíamos haber escuchado? – Preguntó mi amigo.

En aquel momento volvieron a sonar los pasos, unos pasos que eran como los que había dado antes la criatura. El doctor Jiménez, instintivamente, apuntó con su linterna hacia el punto de procedencia. Allí estaba el ser, inmóvil, observándonos con unos ojos que parecían burlescos. Apenas duró unos segundos. En cuanto quisimos darnos cuenta ya se alejaba corriendo.

– ¡Vamos! Tenemos que seguirlo – Dije.

– Podría tratarse de una trampa. – Replicó el doctor.

– Estoy seguro que esa criatura sabe dónde se oculta la puerta. – Afirmé.

– Vale la pena intentarlo. – Opinó la bruja.

– No tenemos otra opción mejor. – Dijo mi amigo.

– Está bien, pero manteneos siempre alerta, no sabemos qué podemos encontrarnos. – Aconsejó el doctor.

Comenzamos la persecución – si es que en realidad se puede decir que éramos nosotros quienes perseguíamos -. Nunca imaginé qué fuera tan veloz, su figura desgarbada y grotesca no hacía pensar que poseyese aquella agilidad, de nuevo me sorprendía. El caso es que no me preocupé de los peligros qué pudieran esconderse bajo aquel oscuro limo. Corrí con todas mis fuerzas. Sin darme cuenta fui distanciándome de los demás. Me orientaba únicamente por el sonido de los chapoteos. Después de un tiempo interminable escuché que la criatura se detenía. ¿Por qué? ¿Por qué en aquel preciso lugar? ¿Qué pretendía? De improviso comenzó a surgir una misteriosa luminosidad. Sin duda se trataba de la maldita puerta. No entendía por qué me estaba ayudando. O quizá me estaba engañando. En cualquier caso tenía delante de mí una salida. Había tantas posibilidades que llevase hasta mi mundo, como hasta otra dimensión todavía peor a la de la ciénaga. Me acordé de mis compañeros, debía encontrarlos y convencerlos para que la traspasaran conmigo. Empecé a llamarlos. Nadie contestaba. Continué gritando hasta quedarme ronco. Al principio pensé en ir a buscar ayuda, sin embargo no podía arriesgarme a que la puerta desapareciera. Al final decidí quedarme. Mientras reflexionaba sobre todo aquello me había olvidado por completo del ser, de forma que no pude evitar que se acercase por detrás y me empujara rudamente hacia la puerta.

Continuará

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