CVII. De musica sphaerarum

Salva fue a buscar su guitarra, la guitarra que había sido de Dante, la guitarra con la que comenzó todo. La desenfundó y sin mirar la partitura – realmente no le hacía falta – fue desgranando las notas de la canción. Con los ojos cerrados, como si estuviese en trance, sus dedos recorrían el mástil vertiginosamente. Delirante. Mientras tanto el monstruo reía estruendosamente, parecía haber enloquecido, sin duda aguardaba un mal inimaginable. En poco tiempo apareció un punto brillante en la penumbra de la sala. El joven continuaba tocando. El punto fue aumentando de tamaño, hasta convertirse en un anillo de luminosidad descomunal, sin duda una de las puertas de las que había hablado el doctor Garrido.
– ¡Oh sí, están muy cerca, los puedo sentir! – bramó la terrorífica criatura.
– ¿Qui… quiénes?
– Ellos, mis hermanos, los hijos de Yng-Wa-Maalmur.
– No entiendo.
– Veo que el profesor no te lo explicó todo. En el libro está escrito que sólo un humano puede abrir la puerta a nuestro mundo.
– Por eso me necesitabas.
– Nuestra raza ha soñado durante eones con un momento como este, salir del mundo en que estamos confinados, esparcir nuestra semilla por el cosmos, regresar al caos de los Primeros Días, cuando mis hermanos destruían y exterminaban todas las formas de vida que hallaban a su paso, no había nada ni nadie que los parase, hasta que llegó… pero eso no te importa, ahora tú los has liberado.
Un apocalipsis desconocido y brutal se aproximaba. El joven era consciente de ello. Odiaba la idea de haber colaborado, aun involuntariamente, sentía que debía hacer algo. Lo cierto es que en aquel momento los nervios le impedían pensar con claridad. Qué podía hacer. Un vulgar ser humano contra aquellas fuerzas monstruosas. Lucha totalmente desigual. Lo único que sabía hacer bien era tocar su instrumento. La guitarra. Sí. Tenía una idea. Sólo era una posibilidad, pero valía la pena intentarlo, el planeta azul estaba en peligro.
– ¿Qué habría pasado si no hubiese tocado con tu antigua guitarra?
– Era imprescindible que tocases con ella la canción.
– De alguna manera te une con este mundo, ¿verdad?
– Así es.
– ¿Y qué pasaría si la guitarra estuviese al otro lado de la puerta?
– ¡No, no lo hagas!
Salva lanzó el instrumento maldito por el anillo centelleante.
– ¡Estúpido! No sabes lo que has hecho.

Continuará

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