CVIII. De musica sphaerarum

El siniestro ser, que estaba realmente ciego de cólera, lo agarró por el cuello. El joven creyó que lo quería asfixiar. Sin embargo la criatura pretendía un fin más terrible para su víctima, lo acercó hasta la puerta cósmica, de manera que su cabeza quedó al otro lado. Salva observó un mundo de horror, millares de monstruos que se retorcían entre tinieblas, aullando en un lenguaje espantoso. Asimismo se dio cuenta, angustiosamente, de que el anillo iba reduciéndose. En pocos segundos su cuerpo quedaría separado en mundos diferentes. Al menos aquellos seres no conseguirían su propósito. Cuando se preparaba para su final, sintió que cedía la mano huesuda y fría que lo aferraba, parecía que perdiese fuerza. Así que pudo liberarse y escapar de una muerte inminente. La puerta volvió a convertirse en el punto original, estallando, como una estrella que colapsa. El joven cayó al suelo. Afortunadamente la explosión fue de escasa potencia. Mientras se incorporaba, pudo ver a la terrorífica criatura desintegrándose, sin embargo esta sonrió malignamente hasta que sólo quedaron sus cenizas.
Había terminado la pesadilla. Los días de frenético trabajo, y las noches de insomnio y ansiedad. El reloj tocó las dos de la madrugada, Salva se hallaba cansado, aún así marcó un número de teléfono. Era el de Laura. Quería, necesitaba, deseaba verla. En apenas diez minutos, el joven aparcaba su moto frente a la casa de ella, había luz adentro. Iba a contárselo todo, pero cuando la mujer apareció en el umbral con un camisón demasiado corto y su largo cabello suelto, se abalanzó sobre ella sin decir una sola palabra.
Los siguientes días fueron maravillosos para Salva. Había comenzado esa nueva etapa de su vida que tanto ansiaba. Junto al ser que más amaba, sentía que era capaz de conseguir cualquier cosa, incluso estaba olvidando todo lo que le había sucedido. Una noche Laura le explicó que era aficionada al hipnotismo. Dijo que era muy beneficioso en casos de traumas o experiencias desagradables y le propuso someterse a una sesión. El joven no creía mucho en la hipnosis, sin embargo confiaba plenamente en Laura, sabía que lo único que pretendía era ayudarle. Asimismo se trataba de una terapia reconocida por la ciencia y usada por algunos sicólogos. Así que aceptó. Ella lo hizo tumbarse en un sofá. Se quitó un colgante con una extraña gema y comenzó a balancearlo ante sus ojos. En pocos segundos Salva sintió que le pesaban los párpados y entró en un estado letárgico.
– ¿Puedes escucharme?- Preguntó ella.
– Sí.
– Muy bien.
Laura se levantó y al poco regresó. En sus manos llevaba una funda de gran tamaño. Descorrió la cremallera y sacó una guitarra. Era una guitarra vieja, como la que el joven había comprado hacía unas semanas en una tienda de segunda mano.
– Coge esto.- Dijo ella, acercándole el instrumento.
– Sí.
– ¿Sabes lo que es?
– Pues claro, es una guitarra.
– ¿Tocarías para mí?
– Sí.
– ¿Te acuerdas de la canción que Dante te pidió componer?
– Me la sé de memoria, cada nota, nunca se me olvidará.
Las pupilas de la mujer brillaban de forma siniestra y, comenzando a reír grotescamente, ordenó.
– Ahora vas acabar lo que no acabaste, tócala, hasta el final.

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