CX. Jaque mate

En el club todos comentaron la partida. Daniel intentaba quitarle importancia. Unas cuantas derrotas consiguieron que sus compañeros pararan de hablar del tema y él volvió a ser el jugador mediocre de siempre. Sin embargo ya no le resultaba tan indiferente perder una partida – de hecho nunca lo había aceptado de buena gana -, ahora que sabía que podía ganar sin problemas. No se consideraba ni mucho menos una persona ambiciosa, el ajedrez representaba para él un simple hobby, era consciente de sus limitaciones y se contentaba con jugar y matar el tiempo con sus amigos. Pero eso era al principio, ahora empezaba a ver diferentes las cosas. Recordar cada movimiento diabólicamente perfecto de sus piezas le causaba un estremecimiento y, a la vez, le hacía pensar en un horizonte feliz, en el cual no habría de sudar en los torneos, ni estudiar aburridos e interminables manuales de ajedrez, ni soportar con resignación las burlas de algunos compañeros. Comprendió que si quería progresar debía renunciar al club y a las competiciones, a partir de ese momento sólo iba a jugar con su tablero y sus piezas, que se habían convertido en un impagable talismán. De todas maneras todavía no estaba seguro de sus posibilidades. Quizá aquella primera partida con su amigo fue consecuencia del azar, quizá las piezas se habían deslizado hacia la casilla adecuada del mismo modo que no lo podían haber hecho, quizá había sucedido todo con demasiada sencillez como para ser verdad.
Todas estas dudas lo llevaron a marcar el número de teléfono de otro de sus compañeros de ajedrez. En apenas media hora estaba jugando. De nuevo Daniel sintió que su mano se dejaba llevar por las misteriosas piezas. No conocía cómo, pero se movían, con un acierto y precisión que abrumaban. Unos pocos movimientos propiciaron un mate rotundo. Realmente aquel tablero lo convertiría en un ajedrecista de altura, si no en invencible, ahora que jugaba como un auténtico maestro. De aquella victoria también se habló en el que hasta el día anterior había sido su club. Uno tras uno, los amigos acudieron a su casa para observar con sus propios ojos lo que les habían contado y, uno tras uno, salieron derrotados. Los desconcertaba profundamente, no entendían que un jugador del nivel de Daniel jugase de aquel modo, y además de la noche a la mañana. Ya nadie se reía de él. Algunos dijeron que tenía que haber un truco, jamás lo encontraron ni lo encontrarían, aunque Daniel sabía perfectamente que tenían razón. Era su secreto. Nadie debía descubrirlo. Poseía la oportunidad de triunfar en algo en su gris y monótona vida.

Continuará

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