CXC. Criaturas fronterizas

Estábamos separados por un espejo. Ellos habían escogido una puerta y yo otra. Alguno debía equivocarse, y ese había sido yo, tan seguro como estaba al principio de haber escapado. Nunca había creído en las dimensiones paralelas, pensaba que solamente se trataba de una teoría de Física que servía como argumento para las  historias de ciencia ficción. Ahora sabía que existían, porque yo mismo me hallaba atrapado en una de ellas. De todas formas, confiaba en mis compañeros, esperaba que al doctor Jiménez se le ocurriera alguna de sus brillantes ideas o que Blanca, la bruja, descubriese un ritual apropiado en uno de sus misteriosos libros. Después de varios minutos interminables observé que mi amigo – que había salido del otro dormitorio – regresaba y comentaba alguna cosa al oído de los demás. Estuvieron hablando entre susurros. No pude escuchar nada. Parecían bastante nerviosos.

– ¿Sucede algo grave? – Pregunté.

– Efectivamente. – Contestó escuetamente el doctor.No dude en decírmelo.

– ¿Tiene alguna arma en casa?

– Una escopeta de caza.

– ¿Dónde está?

– Pues en un armario del salón, ¿debo ir a cogerla?

– No es necesario.

– Ahora no le entiendo.

– Supongo que ese armario está cerrado, necesitamos la llave, ¿dónde la guarda?

– En el segundo cajón de la mesilla de mi dormitorio.

– ¿Pero qué sucede?

– ¿Es esta la llave?

– Sí.

– Deja que yo vaya a por la escopeta, mientras tanto piensa en algo. – Sugirió mi amigo al doctor.

– Está bien, pero sube enseguida, tanto si la encuentras como si no. No tenemos mucho tiempo. – Dijo el doctor.

Realmente se trataba de una situación confusa. Si al principio había pensado que era yo quien estaba en peligro, ahora me daba cuenta que eran mis compañeros. ¿Por qué no me explicaban algo? Supuse que estaban muy preocupados en solucionar el problema que tenían. La bruja trazaba frenéticamente extraños signos en el suelo y pronunciaba palabras en una lengua desconocida. El doctor, tan preocupado como nunca lo había visto, daba vueltas por la habitación. Al poco sonó un grito estremecedor. No había duda, lo había lanzado mi amigo, no quería ni imaginar lo que podía haberle sucedido. El doctor empujó rápidamente la mesilla contra la puerta del dormitorio. Desde el otro lado comenzaron a golpearla.

– Date prisa, ya están aquí. – Dijo el doctor a la bruja.

– He probado varios rituales, pero ninguno funciona, me parece que no hay protección contra ellos. – Replicó la bruja.

– ¿Ellos? ¿Quieres decir las criaturas de la ciénaga? – Pregunté.

No pudieron contestarme. La puerta se hizo astillas y surgieron decenas de garras que despedazaron en cuestión de segundos al doctor Jiménez. Mientras tanto Blanca lloraba, acurrucada en el suelo. Quise ayudarla, y me acerqué al espejo, con intención de atravesarlo. Sin embargo, con una velocidad igualmente asombrosa, las criaturas acabaron con la vida de la bruja. Me sentía impotente y, a la vez, tremendamente rabioso. Todo había sido tan horrible. Sin pensarlo, cogí una silla y rompí los espejos de mi dormitorio, lo mismo hice con el resto de espejos que había en casa. Lo último que recuerdo es que empecé a beber de una de mis botellas de whisky.

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