CXI. Jaque mate

Los rumores sobre sus repetidas victorias se extendieron. Únicamente se había enfrentado con jugadores de categorías similares o ligeramente superiores, hasta que un maestro de reconocido prestigio decidió ir a visitarlo, impulsado por una curiosidad que no experimentaba desde que se introdujera en el cautivante mundo del ajedrez. Varios compañeros asistieron de testigos. Cuando se saludaron los rivales antes de iniciar la partida, Daniel sonrió, con un gesto que rozaba la insolencia. El maestro tuvo la inquietante impresión de que su joven oponente sabía cómo iba a finalizar el juego. Y es que Daniel estaba completamente tranquilo, incluso se permitía algunas bromas, todo aquello le resultaba puro trámite. Algo en su más profundo interior le aseguraba que la victoria estaba decantada de su lado, tal vez se trataba de su propia vanidad, que últimamente había crecido como la espuma de la cerveza que acababa de abrir. Tal era su confianza que permitió al otro jugar con blancas, comenzando la partida. El maestro realizó una apertura que muy pocos conocían, sin embargo, las piezas de Daniel replicaron brillantemente, provocando el asombro de los presentes. Pronto se dio cuenta de la enormidad de su joven rival, hacía mucho tiempo que no se enfrentaba con alguien así, debía exprimir sus neuronas al máximo si quería ganar. Daniel no pensaba siquiera sus movimientos, simplemente los hacía, y con qué sobrecogedor acierto. Por un instante, el maestro hubiera jurado que su oponente no movía en realidad las piezas, sino que sólo las sostenía con los dedos, como si se tratase de una marioneta. Después de unos minutos que le parecieron siglos se vio obligado a pedir tablas. El joven no se las concedió, hirviendo de soberbia, deseaba con todas sus fuerzas aniquilar a su rival. Unas jugadas más y el maestro, con rostro patéticamente pálido y sudoroso, dejó caer su preciado rey. Había perdido la partida.
Aquella deslumbrante victoria marcó el ascenso de Daniel. Otros maestros, cada vez de mayor nivel, lo visitaron y sólo encontraron la derrota más estrepitosa. Todos los clubes de su ciudad se peleaban por ficharlo, pero él los rechazaba por sistema. Tampoco consiguieron que se apuntara a un torneo, ni siquiera a los amistosos, no le interesaban en absoluto. Su nombre aparecía en diarios y revistas de ajedrez, consiguió fama de genio sin haber ganado una sola competición, pocos lo conocían ya que nunca salía de casa. Se había convertido en una suerte de ermitaño, dedicado en cuerpo y alma a la disciplina blanquinegra. Ya no tenía duda alguna de que era un jugador invencible, alabado y temido al mismo tiempo, se sentía tan inmensamente poderoso que creía que podía cortar las montañas con la palma de su mano. Aún así era consciente de que ese poder no sobrepasaba los límites de su tablero y sus piezas.

Continuará

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