CXII. Jaque mate

Una noche se despertó con intranquilidad. Creía haber escuchado voces. Se levantó y las escuchó de nuevo. Confusas, lejanas, etéreas. Entre aquella serie de sonidos que parecían pronunciados por el mismo Caos pudo distinguir su nombre. ¿De quiénes eran esas voces que lo llamaban por su nombre? ¿Eran antiguos compañeros del club? ¿Cómo habían entrado en su casa? Llegó al comedor y se dio cuenta de que procedían de allí, pero no parecía haber nadie, quiso encender la luz y no se encendió. A tientas en aquella oscuridad – se trataba de un apagón generalizado – consiguió encontrar una vela y un mechero. Mal iluminado volvió al comedor. Buscaba alguien o algo que explicase lo que había escuchado. Entonces surgieron las voces, esta vez con claridad, retumbando con solemnidad en la habitación. Estamos aquí, en el tablero. Daniel se quedó mudo de asombro. Somos los espíritus del tablero. El joven ajedrecista pudo dejar escapar una pregunta de sus labios. ¿Qué queréis? Las voces contestaron. Sabemos que eres un ajedrecista extraordinario y nos gustaría enfrentarnos contigo. Jugar, una partida, lo único que interesaba en la vida a Daniel. Debemos antes decirte que existe una apuesta por medio, si tú ganas te convertirás en el mejor ajedrecista de la historia, de los que hubo, de los que hay y de los que habrá, nadie en este mundo podrá vencerte, en este y en cualquier tablero; si nosotros ganamos tendrás que obedecer nuestra voluntad. El joven, cegado fatalmente por la vanidad y la codicia, no pensó en las consecuencias de la derrota, únicamente deseaba vencer y ser el mejor, así que aceptó enseguida. La partida comenzó a la luz del cirio. Daniel movía primero. Esperó que la fuerza misteriosa guiase su mano hasta una pieza, realizando el movimiento oportuno, sin embargo no sintió nada. Su poder lo había abandonado. Se quedó como un témpano, impotente, no sabía qué hacer. ¿Qué sucede? ¿Se te han ido las ganas de jugar? Recuerda que has aceptado una apuesta. Las voces sonaban horriblemente sarcásticas. El joven comprendió que había iniciado un viaje sin retorno, debía continuar el juego. Esta vez eran sus impulsos cerebrales los que decidían el destino de las piezas. Estaba convencido de que sus odiosos rivales le ganarían en unos pocos movimientos, del mismo modo que él lo había hecho con tantos otros. Pero parecía que se habían adaptado a su nivel. Daniel suspiró, algo aliviado, sin embargo no podía evitar un escalofrío con cada deslizamiento de un caballo o una torre o cualquier otra pieza sobre la madera. En realidad lo que pretendían las voces era alargar la agonía del joven, hacerle creer que tenía la posibilidad de ganar, mantener sus falsas esperanzas. La partida duró hasta que la cera derretida consumió la vela. Una jugada, en apariencia inofensiva, desencadenó el jaque mate tan temido por Daniel. Exhausto después de horas de pensar, malhumorado por haber rozado la victoria y, sobre todo, angustiado, esperó la voluntad de los terribles vencedores. De improviso el cuerpo del joven se desvaneció, convirtiéndose en un humo fosforescente y quedó confinado para siempre dentro de una de las piezas del tablero.
Al día siguiente en una oficina de correos de otra ciudad se recibió un paquete de forma cuadrada con el siguiente remite: Chess Friends of Arkham. 25666 Arkham. Massachusetts (U.S.A.).

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