CXLV. Madre Tierra

Sobre las cuatro de la tarde ya estaba llegando, después de atravesar varias llanuras de cultivos entré en un bosque espeso, como en un túnel, las encinas y los abetos envolvían aquella sinuosa carretera de montaña, los rayos del sol apenas se colaban entre las hojas, fui bordeando el río Tordera hasta que apareció un viejo puente de piedra y un letrero que señalaba el desvío hacia Les Rodones, el municipio que buscaba. Llevaba mi propio todoterreno y vestía de paisano, los lugareños tenían que verme como un simple forastero, al menos los que no interrogase. Lo primero que hice es visitar la casa del niño desaparecido, pude hablar con el padre –la madre se hallaba bastante afectada–.

– Le rogaría que esta conversación permaneciese en secreto, si algo llega a filtrarse podría afectar a la investigación, y eso no nos conviene a ninguno de los dos.

– Según declaró usted, la última vez que vio a su hijo fue la mañana del pasado veintiuno de agosto.

– El chiquillo estaba de vacaciones y aquel día iba a ir de excursión con unos amigos, desayunó en casa tranquilamente, cogió su mochila, nos dio un par de besos como siempre y luego… luego ya no volvió.

– Los amigos del niño afirman que no acudió al lugar y a la hora en que habían quedado, ¿sabe qué trayecto podría haber seguido?

– Naturalmente, habían quedado en la gran roca, allá donde van a parar dos riachuelos y nace el Tordera, sólo hay un camino, si quiere le puedo acompañar luego para que lo vea.

– ¿Tenía su hijo problemas con alguno de los niños del pueblo?

– No, para nada, Blai siempre ha sido un trozo de pan, nunca pelea, todo el mundo lo quiere.

– Quizá algún niño sentía envidia.

– No creo, ya le digo que es un bendito, todo lo que tiene lo comparte con los demás, si le daba dinero para comprar golosinas, no dude que sus amigos también las probaban.

– ¿Ha llegado algún forastero sospechoso en las últimas semanas?

– Lo de siempre, pixapins[1] y algún extranjero que se ha perdido, pero ninguno parecía más extraño de lo normal.

– ¿Disfrutan ustedes de una buena situación económica?

– ¿Si somos ricos? Mire, somos gente sencilla, siempre hemos trabajado en el campo y sacamos lo suficiente para ir viviendo.

– De manera que hay que descartar un secuestro por motivos económicos.

– Antes se hubiesen fijado en el pequeño de Emili, que es alcalde y propietario de casi todas las tierras de este municipio.

– ¿Y usted se lleva bien con todos sus vecinos?

– Si cree que alguien de aquí secuestraría a mi hijo, se equivoca del todo, eso sólo pasa en la ciudad.

– Volvemos a la posibilidad del forastero.

– Quién sabe, hay tanta gente mala por el mundo, aunque hace falta ser muy hijo de puta para hacer daño a una pobre criatura, no quiero ni imaginar que algo así le hubiera pasado a mi Blai…

– Esperemos que su hijo esté bien, tenga la seguridad de que voy a hacer todo lo posible por encontrarlo, muchas gracias por haberme atendido.

– Gracias a usted y si se entera de algo…

– Descuide, le mantendré informado de cualquier avance en la investigación, en cualquier caso nos volveremos a ver.

Continuará

[1] Literalmente mea pinos, forma despectiva con que la gente de pueblo se refiere a los barceloneses
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