CXLVI. Madre Tierra

Había una pregunta que se había quedado sin hacer. Intencionadamente. Se trataba de si su hijo se había enfadado con él o su mujer, quizá porque se sentía maltratado. Por un lado era una cuestión incómoda y por otro, sin duda lo hubiese negado. Era una tercera persona quien debía contestarme. De todos modos, no creía que el niño hubiera huido, me inclinaba más por la posibilidad de un secuestro, pero en ese caso, quién y por qué iba a secuestrar a un niño de familia humilde y al cual todos querían. La verdad es que la conversación con aquel hombre, lejos de aclarar un poco el asunto, me había desorientado aún más. Decidí dar un paseo para despejarme, y, sin darme cuenta, estaba preguntando a un lugareño por el camino que lleva a la gran roca del Tordera. Aquella vez no me fijé si había alguna pista – contaba con otros seis días para hacerlo -, solamente quería caminar. Cuando llegué al sitio me quedé pasmado. La gran roca, majestuosa, sobresalía en medio de una poza de aguas cristalinas y profundas, rodeada por chopos que cubrían todo con sus sombras. Casi se podía escuchar el silencio. El vuelo de una libélula o una hoja flotando captaban mi atención por completo. Como si el propio tiempo se hubiese detenido. Hacía mucho que no me sentía así, siempre ocupado en investigar crímenes, rompiéndome la cabeza con interminables hipótesis y teorías.

La mañana siguiente continué con mi deber. Estuve desayunando en el hostal donde me alojaba. Como por instinto, comencé a repasar un periódico local, buscando alguna noticia relacionada con la desaparición del niño. Apuré mi taza de café con una sonrisa de satisfacción. Ninguna referencia. Aunque casi no había levantado mi vista de las páginas, pude notar que alguien me estaba observando desde otra mesa, se trataba de un anciano, sin duda lugareño, lo hacía disimuladamente, como si me estuviera estudiando. Al principio pensé que el padre del niño no había mantenido la boca cerrada. Hasta que aquel viejo se acercó.

– Buenos días, ¿le importa si me siento con usted?

– Faltaría más, buenos días.

– Me llaman l’avi2.

– Yo soy…

– Tranquilo, puede confiar en mí, además, no tiene pinta de turista ni tampoco es periodista, porque leía el periódico con demasiado interés.

– Es buen observador.

– Me paso todo el tiempo mirando lo que hacen los demás, como por ejemplo usted ayer por la tarde.

– ¿Qué observó exactamente?

– Tomó usted el camino que lleva a la gran roca y no regresó hasta que comenzó a caer la noche.

– ¿Y qué más sabe de mí?

– Pues me juego un carajillo a que es policía o un detective de esos.

– Me parece que le debo una invitación.

Continuará

2 El abuelo
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