CXLVII. Madre Tierra

– No crea que soy un viejo cotilla, lo único que quiero es ayudarle, ya sabe, con lo del niño perdido.

– Si tiene alguna información que pueda ser útil, está hablando con la persona indicada.

– ¿Es usted supersticioso?

– No le entiendo.

– Primero tiene que decirme si es supersticioso.

– Nunca he creído en lo que no se puede probar.

– Ya me lo olía. Pues sepa que por aquí han pasado y pasan cosas que no tienen explicación.

– ¿Qué tipo de cosas?

– ¿No ha leído nada sobre el Montseny?

– Un poco sobre su historia y geografía.

– Eso no nos sirve, tendría que leer sus leyendas, así se haría una idea de lo que le estoy hablando.

– Usted podría contarme alguna de esas leyendas.

– No tengo tiempo.

– ¿No puede al menos darme una pista sobre la desaparición del niño?

– Vaya a ver a Gloria.

– ¿Gloria?

– Todos saben dónde vive, pregúntele a quien quiera. Que tenga buena suerte. Adiós.

– Adiós.

Antes de marcharse, el anciano se santiguó con vehemencia, como si temiera algo. Lo cierto es que era el individuo más extravagante con el que me había cruzado en todos mis años de inspector, aunque no creía que fuera un perturbado, simplemente se trataba de uno de esos campesinos que no ha salido nunca de la montaña y que cree –como se puede creer en Dios– en los cuentos que le explicaban sus abuelos a la luz de una chimenea. Lo único que había podido sacar en claro era un nombre de mujer, quizá ella pudiera ayudarme. De todas maneras, preferí interrogar antes a dos de los amigos del niño desaparecido. Ellos me confirmaron la versión del padre, asimismo me contestaron la pregunta pendiente, el pequeño nunca se quejó de maltratos en casa, todo lo contrario, como hijo único que era, lo adoraban.

Así transcurrió la mañana. Después regresé al hostal para comer. Cuando ya había terminado y saboreaba un cortado, decidí preguntarle a uno de los camareros sobre esa mujer llamada Gloria. El joven reaccionó con un rostro de asombro.

– ¿Quién le ha hablado de ella?

– L’avi.

– Pues no tendría que haberlo hecho.

– ¿Por qué? ¿Sucede algo con esa mujer?

– La verdad es que por aquí no solemos hablar de Gloria, siempre ha vivido apartada de todos, ella no nos molesta y nosotros procuramos no molestarla.

– Da la impresión como si os inquietase.

– No se trata de eso, sólo es que la respetamos, ella ha elegido vivir sola.

– Está bien. Me gustaría saber dónde reside.

– ¿No pretenderá ir a verla?

– Necesito hablar con ella de un asunto muy importante.

– ¿Cómo de importante?

– Podría depender la vida de una persona.

– Se lo diré pero, por el amor de Dios, que no se entere que se lo ha dicho Carles del hostal, ella me conoce.

– Tú me lo dices y después yo me olvido completamente de esta conversación, ¿de acuerdo?

– Sólo tiene que seguir la carretera del Ralom hasta el final, allí la encontrará, en una masía.

– Muchas gracias.

Continuará

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