CXLVIII. Madre Tierra

Realmente aquella Gloria parecía que era temida por los lugareños. Supongo que formaba parte de las muchas supersticiones que aún perduran por esas tierras, no dejaba de ser ridículo que habiendo llegado al siglo XXI y con todo lo que el ser humano había avanzado en las ciencias y las tecnologías, quedara todavía gente que se aferraba a lo fantástico. Así que me subí al todoterreno y tomé la carretera –una abrupta pista de tierra– del Ralom. Después de zigzaguear interminablemente por una de aquellas montañas fui a parar a una extensa pradera. Al poco apareció ante mis ojos la masía, gigantesca, de piedra oscurecida por el musgo y los años que pasan, como un extraño monumento levantado entre aquellas alturas desoladas, costaba creer que alguien deseara vivir allí. Aparqué junto a la casa. Un silencio impresionante apenas era roto por el viento, ni siquiera se podía escuchar el ladrido de un perro. Nadie salió a mi encuentro. De manera que me acerqué hasta la puerta. En lugar de timbre solamente había una aldaba, como las que se usaban antiguamente, sobre aquellas tablas de madera. Llamé con cierta fuerza una primera vez. No hubo respuesta. Cuando iba a repetir la llamada un sonido me detuvo. Un pesado cerrojo descorriéndose. Y apareció la misteriosa mujer que buscaba.

– No puede ser, eres tú.

– ¿Qué esperabas? ¿Una vieja fea y siniestra?

– Nunca hubiera pensado que eras la Gloria de la que me han hablado.

– Pues ya ves que soy yo.

No había visto a Gloria desde la universidad, y de eso hacía ya más de diez años, éramos amigos – aunque hubiera preferido otro tipo de relación -, el caso es que perdimos el contacto al acabar los estudios, ella se fue a hacer un master a Estados Unidos y yo comencé a prepararme para las oposiciones de Mosso d’esquadra, sabía que después había regresado y que iba a las excursiones que organizaban viejos compañeros nuestros, y eso era todo.

– Cuánto tiempo, casi te había olvidado.- Dije, aún sorprendido.

– Pasa y continuamos hablando.

Cuando atravesé el umbral pude observar una amplia sala, al contrario de lo que había imaginado no había ni una sola señal de lujo, todo era sencillo, o para decirlo con más exactitud, antiguo, porque aquella casa parecía salida de un siglo ya pasado.

– Supongo que los del pueblo te habrán contado bastantes tonterías sobre mí.

– En realidad no me han contado gran cosa, parece que te respetan.

– Querrás decir que me temen.

– Me ha dado precisamente esa impresión, no pensaba que aún quedara gente tan supersticiosa.

– No es solamente causa de la superstición, también hay mucha ignorancia, desde siempre hemos temido lo desconocido, cuando hay algo o alguien que supera los límites de nuestro conocimiento acostumbramos a inquietarnos, procuramos apartarlo, incluso a veces caemos en la agresividad, de todas maneras, nunca he tenido problemas con los del pueblo.

– ¿Por qué crees que te temen?

– Pues por todo eso, no me conocen realmente, y piensan cosas que no son.

– ¿Qué tipo de cosas?

– ¿Nunca dejas de investigar?

– Es un vicio de profesión.

– Está bien, sígueme y lo entenderás.

Continuará

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