CXV. La llamada del bosque

Gloria forcejeó con el otro soldado y la mochila cayó al suelo, vaciando su contenido. Linterna, brújula, reproductor de música… las típicas cosas que lleva cualquier excursionista.
– ¿Qué son esos raros artilugios?- Preguntó con severidad el soldado que mandaba.
– Cosas que llevo conmigo, son inofensivas.
– Permitidme que las examine.
El hombre cogió el reproductor de música y comenzó a manipularlo torpemente, con ojos de niño que está descubriendo.
– Así no se hace, yo le ayudaré. ¿Se puede quitar el casco?
La chica colocó los auriculares en los oídos del soldado y apretó un botón, empezando así a rodar la casete.
– ¡Por Sant Pere! ¿Qué sones diabólicos son estos?
Enfurecido, se arrancó los cables y lanzó el aparato, el cual quedó destrozado bajo los duros cascos del caballo. Gloria se asustó un poco, aunque también le divertía pensar que aquel bruto había denominado diabólica la música heavy metal, el mismo adjetivo que usaban sus padres cuando ella la ponía a todo volumen en la cadena HI-FI de casa. Otro objeto de su mochila acabó de alterar los ánimos de aquellos hombres.
– Señor, mirad este prodigio.- Dijo con semblante pálido uno de los soldados.
Se trataba de una linterna encendida. ¿Es que aquellos locos no habían visto jamás una linterna? La joven no entendía nada.
– ¡Brujería!- Clamaron al unísono todos.
De esta manera Gloria, también acusada de prácticas prohibidas y tratos con Satanás, fue a hacer compañía a la bruja. Al verse encerrada en la jaula, con dolorosos grilletes y, sobre todo, bajo una condena segura a la hoguera, no pudo evitar derrumbarse. Las circunstancias la superaban. Aquellos perturbados iban armados y todo señalaba que se disponían a llevar a cabo su misión. Las dudas empezaban a asaltarla. ¿Se habían escapado en realidad de un manicomio? ¿Cómo podía ser que vistiesen y hablasen como en la Edad Media? ¿Era una bruja la vieja que se hallaba a su lado? Demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Por otra parte, sus pupilas estaban desorientadas en la penumbra de aquella jaula, la anciana se había convertido en una forma que no acababa de definirse. Esta última puso su mano rugosa sobre el hombro de la joven y, carraspeando, inició una conversación.
– No temáis, pequeña, todo esto se solventará antes de que cante el gallo.
Se trataba de una voz que transmitía una convicción asombrosamente rotunda para una mujer de aspecto tan frágil. Gloria permaneció un rato callada, como intentando despertar de una pesadilla. Era consciente de su situación y sin embargo las palabras de aquella vieja la tranquilizaron, quizá simplemente porque necesitaba escucharlas. Recuperó su inagotable curiosidad y, sin apenas darse cuenta, estaba preguntando.
– ¿Sois una bruja?
Durante unos segundos sólo se escucharon los cascos de los caballos.
– ¿Y vos que creéis?
– No sé, esperaba que me lo dijerais.
– Lo más sensato sería contestaros que no lo soy.
– ¿Pero lo sois?
– Mirad, si el tribunal de la Santa Inquisición me formulase tal cuestión clamaría hasta desgarrarme la garganta que soy Berenice, la última de una notable saga de brujas, heredera de magias y saberes primigenios.

Continuará

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