CXVII. La llamada del bosque

– ¿Os dais cuenta de cómo me escarnecen?- Continuó la vieja en voz baja.- Estos soldados no son más que títeres de la Iglesia, que va sembrando entre el pueblo un sinfín de falsedades sobre las brujas, en verdad que nos temen, mas es por pura ignorancia, somos una raza condenada a la incomprensión, nuestra tarea es secreta, debemos andar siempre ocultándonos, como si fuésemos salteadores de caminos. Pensad en vos, acusada en un abrir y cerrar de ojos, sencillamente porque sois diferente y llevabais utensilios que ellos desconocían. ¿Quiénes son los malvados acá?
Realmente aquella Berenice era una mujer inteligente, pensaba Gloria. Sin duda su juicio no se encontraba en absoluto trastornado y tampoco parecía que fuera una feroz asesina de niños.
Como los soldados y los caballos se hallaban sedientos por la marcha, bajaron todos hasta un río, asimismo aprovecharían para un descanso. Hileras de altos y frondosos chopos a cada lado de los márgenes hechos de guijarros. Un rincón de calma sólo rota por el murmullo de las aguas que bajaban heladas desde los cerros y que chocaban con violencia. La carreta se detuvo. La joven sabía que se hallaban cerca de un río, ya que podía escucharlo y percibir su humedad, también ella necesitaba beber. Su curiosidad de siempre superó a la prudencia y se atrevió a hacer una pregunta a los hombres.
– ¿Podéis decirme dónde nos encontramos?
Uno de los soldados, que estaba sentado sobre una gran roca, miró instintivamente al que mandaba y este movió la cabeza en sentido afirmativo.
– Acá es donde nace el Tordera.
Aquello asombró a Gloria por completo, según los mapas en ese mismo lugar tenía que haber una presa, por otro lado había varias carreteras que cruzar antes de llegar y ella no había sentido vehículo alguno. No conocía cómo pero había ido a parar al siglo XIII, tuvo que reconocerlo, las evidencias eran varias. Perdida en un tiempo que no era el suyo y predestinada a una muerte horrible y más que probable. La situación era grave. A pesar de todo mantenía la serenidad, quizá contagiada por la firmeza de la anciana, aun sin verla juraría que estaba sonriendo. Se decía a ella misma que aquello no tenía mucho sentido, que su esperanza era la de alguien que de tan desesperado se aferra a lo que sea, sin duda se trataba de su última carta, sí, ¿aunque cuándo iba a sacarla la bruja Berenice?
Tras descansar prosiguieron la marcha. Entre las vertientes de las montañas se levantaba el crepúsculo, cielos púrpuras que traían lúgubres presagios, y es que más allá del valle se encontraba la villa de Sant Martí de Pertegas. En unas pocas horas la oscuridad comenzó a penetrar por el bosque. Acamparon. Hacía frío, y la joven tenía muñecas y tobillos magullados.
– Valor, pequeña, pronto pasarán vuestras desdichas.
– ¿Qué pensáis hacer para salvarnos?
– Nada.
– ¿Cómo que nada? ¿No tenéis un plan o algo así?
– Escuchad el viento.
– Si no sopla ni una pizca, además, eso no nos va a ayudar.

Continuará

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