CXVIII. La llamada del bosque

Gloria se impacientaba, tal vez aquella vieja no era una hechicera con grandes poderes ni estaba en su sano juicio. Sin embargo, al poco se formó viento, un viento de dimensiones apocalípticas, un viento que agitó a hombres y caballos. Mientras tanto las hojas secas revoloteaban furiosamente.
– ¿Qué está pasando?
– Nuestra salvación. La Madre Tierra está animando con su aliento maravilloso a los árboles del lugar.
– ¿Ellos nos ayudarán?
– En parte sí.
Enigmáticas palabras que la joven no entendía porque no podía ver lo que estaba sucediendo a su alrededor. Las gigantescas encinas, con sus ramas como garras, empezaron a moverse hacia los soldados, estaban realmente vivas. El que mandaba, aunque temblando, empuñó su espada contra uno de aquellos monstruos del bosque. El metal se hizo pedazos al chocar con la madera. Ni siquiera la pesada armadura que llevaba impidió que fuera atravesado por una de las ramas. Cayó al suelo estruendosamente. Su sangre todavía caliente manchaba las hojas secas. Los otros hombres se quedaron al principio paralizados, luego arrancaron a correr con todas sus fuerzas, poseídos por un pavor que nadie imagina. Pero los árboles los rodearon enseguida. En unos instantes gritos y cuerpos que caían destrozados.
– ¿Por qué gritaban?- Preguntó, nerviosa, la joven.
– Se han espantado y huyen.
– No sé, parecía como si sufrieran, ha sido horrible.
– Calmaos, simplemente se han espantado sobremanera al contemplar cómo las encinas cobraban vida, mas ya todo es pasado.
– ¿Y ahora cómo nos vamos a liberar de las cadenas?
– Los árboles.
– ¿Qué? ¿Cómo es posible?
Ramas prodigiosamente musculosas doblaron los barrotes de la jaula como si fuesen de hojalata. Después entraron y se colaron por debajo de los grilletes de las mujeres, partiéndolos en el acto, sin causar daño alguno.
– Vamos, presto, antes de que vuelvan los soldados.- Aconsejó la anciana.
Eran libres. Gloria no podía aún creerlo. Como había una oscuridad casi total – el fuego del campamento había sido apagado por aquel viento terrible – tampoco pudo ver los cadáveres que yacían sobre las hojas sanguinolentas. Caminó detrás de la bruja Berenice, quien parecía poseer ojos de murciélago, ya que se orientaba entre aquella espesura negra sin problemas.
– ¿Adónde vamos?- Preguntó la joven.
– A mi cabaña, no se halla lejos de aquí, os daré algo caliente para cenar y luego a reposar, debéis encontraros muy fatigada.
– La verdad es que sí, ha sido un día duro.

Continuará

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