CXX. La llamada del bosque

Una vez en la cabaña Gloria satisfizo su hambre –los soldados sólo le habían dado un trozo de pan duro y un poco de agua– y, aunque la cama no presentaba la comodidad de las del siglo XXI, cayó enseguida en un profundo sueño. A la mañana siguiente fue despertada por los rayos de luz que entraban por una pequeña ventana. Por un momento pensó que todo lo que le había sucedido era una simple pesadilla, pero en cuanto miró a su alrededor se dio cuenta de que era tan real como el sol que calentaba su rostro ahora. La vieja se había portado muy bien con ella, de hecho le había salvado la vida, nada más lejos de las hechiceras que describían las leyendas populares. Asimismo se sentía de alguna manera cómplice, recordaba que Berenice le había dicho que ella también era una bruja. Aquello en el fondo le gustaba, descubrir que tenía acceso a los conocimientos y fuerzas de la magia más antigua, sus amigos no se lo creerían. Sus amigos. Se preguntaba si podría regresar a su época o si pasaría el resto de su existencia en aquellas tierras medievales. Necesitaba nuevamente que todas sus cuestiones fueran contestadas, y la única persona capaz de eso se hallaba afuera, meditando entre el trino de los pájaros.
– Perdonad que os interrumpa.
– No importa, ya estaba acabando.
– ¿Os comunicabais quizá con la Madre Tierra?
– En verdad que a banda de curiosa sois inteligente, mas sé que vuestras verdaderas cuestiones van por otra sendas.
– Me dijisteis que yo tenía poderes.
– Así es y ya los habéis manifestado.
– ¿Cómo puede ser?
– Anoche fueron nuestras potencias conjuntas las que llamaron al viento para que animase los árboles del bosque.
– ¿Queréis decir que usé mis poderes sin saberlo?
– Todas las brujas de nuestra saga revelan sus potencias a la edad de veinticinco primaveras, sí, vos sois la última, no creí que hubiese una descendiente tan remota, mas ya veis, la magia pasa con los siglos, van cayendo los imperios y nosotras continuamos, preservando sortilegios de tiempos ni siquiera imaginados, somos las copas de esa sabiduría agridulce y ya debéis suponer quién las escancia, los cuatro elementos nos asisten, ellos mutan las cosas según su capricho para favor nuestro, como sucedió anoche con el viento y los árboles.
– ¿Pero cómo sabré usar toda esa brujería?
– Simplemente lo sabréis, tan cierto como que las aves vuelan sin haberlo aprendido, es cosa que está en vuestra esencia, nuestros saberes pasan de generación en generación, no hay necesidad de libros, se trata de un legado que se lleva en la misma sangre, precisamente en esta maravilla radica nuestro poder, sólo nosotras podemos conocer y ejecutar los hechizos que hemos heredado, la Madre Tierra no sabe de volúmenes ni páginas.
– Es alucinante… ¿Podría vuestro poder o el nuestro devolverme a mi época?
– ¿Cómo llegasteis hasta aquí?
– Recuerdo que al principio atravesé una niebla muy extraña.
– Yo la conjuré.
– ¿Por qué?
– Pensad un poco, yo iba a ser condenada a la hoguera, si no hubiese necesitado auxilio no os habría hecho venir.
– ¿Pero por qué yo?
– Puro azar, pequeña, la verdad es que estamos salvas, así que abandonad las cuestiones y alegraos, en un abrir y cerrar de ojos os hallaréis en la época a la cual pertenecéis.

Continuará

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