CXXIII. Melquíades y Los-que-no-leen

– ¡Hola, campesino! ¿Acaso hablas mi lengua?- comenzó el Viajero.
– Pues claro, todo el mundo la habla aquí.- dijo tranquilamente el campesino.
– Es muy curioso, me alegra saberlo.
– ¿Eres forastero, no?
– Cierto. Vengo de muy lejos, del otro lado del desierto.
– ¿El desierto?
– ¿No lo has visto nunca?
– No. Siempre he estado aquí, no tengo necesidad de viajar.
– ¿Podrías decirme en qué reino o república me hallo?
– En el país de Los-que-no-leen.
– ¿Quieres decir que la gente no hace uso de la lectura por estas tierras?
– Eso es.
– ¿Es que no tenéis libros?
– No los necesitamos.
– Vaya, parece que no necesitáis nada por aquí.
– Todo lo importante nos lo procura Melquíades.
– ¿Es vuestro gobernante?
– No, es mucho más, es nuestro Maestro, el que estableció los preceptos de nuestra sociedad, sin él no tendríamos nada.
El campesino ofreció al Viajero pasar la noche en su modesto hogar, él se lo agradeció, ya que llevaba muchas jornadas sin dormir bajo un techo, y sin comer un plato caliente. Sin duda era un país curioso, pensaba el Viajero, en todos los rincones del mundo donde había estado siempre había visto cosas extrañas, características de una determinada sociedad, pero nunca se había encontrado con un pueblo que no leyera, una cosa es que fueran analfabetos, lo cual obviamente les impediría hacerlo, sin embargo aquella gente conocía la existencia de la lectura. Además, estaba ese Melquíades, quién era en realidad, supuso que sería una especie de caudillo que pretendía tener dominados a sus súbditos convirtiéndolos en ignorantes voluntarios. Siempre había creído que los libros constituían la única llave del verdadero conocimiento y, en consecuencia, de la libertad, en sus páginas se narraban un sinfín de historias que abrían la mente del lector, como puentes hacia otras realidades, atractivas y enriquecedoras. Recordó que en su ciudad costera natal habían construido recientemente una gran biblioteca, todo un homenaje a la cultura de la palabra escrita, los anaqueles contenían una cantidad increíble de volúmenes y papiros de muy diversos países, sólo un incendio hubiera podido destruirlos.
La rosada luz de la aurora despertó al Viajero, cuántas veces y en cuántos sitios había contemplado esa maravilla. Se levantó, completamente renovado, no es lo mismo dormir sobre arena o rocas que en un mullido colchón. No estaba el campesino, debía haber salido a hacer algo. Como todavía hacía fresco, decidió quedarse adentro, se acercó a la chimenea y cogió su zurrón. Al comenzar a hurgar en este su rostro cambió. Maldición. Habían desaparecido sus libros. Todas las mañanas, lloviera o nevase, leía un poco, era una costumbre que había adquirido desde pequeño. Seguro que el culpable de la desaparición era el campesino, no solamente rechazaba la lectura sino que tampoco dejaba leer a los demás. Aunque estaba claramente enojado, pensó que lo mejor era calmarse y pedirle explicaciones.

Continuará

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