CXXIV. Melquíades y Los-que-no-leen

El campesino no tardó mucho en llegar. Tenía su aspecto tranquilo habitual. Entró en la cabaña y dio los buenos días educadamente. Enseguida se puso a preparar el almuerzo. El Viajero comenzó a sentir hambre, es cierto que podía resistir varios días sin probar un solo alimento – como le había sucedido en más de una ocasión -, pero era incapaz de sufrir la tentación de los olores y las formas apetecibles. Así que esperó a tener el estómago lleno para reclamar lo suyo. El campesino no parecía mala persona, al contrario, poseía un carácter muy amistoso, cosa infrecuente en un individuo que vive solo en medio de un bosque y que apenas se relaciona. El Viajero se planteó entonces si el campesino había sido realmente quien le había quitado sus volúmenes. Alguien podía haber entrado después de que el campesino saliera, mientras él estaba durmiendo, era una posibilidad. Lo que no acababa de entender es por qué ese supuesto ladrón se había fijado en los libros y no en otros objetos más valiosos, los bandidos del desierto sólo se habían ocupado de sus monedas de oro y plata. Al final, más por curiosidad que por rabia, preguntó al campesino.
– ¿Sabes dónde están mis libros?
– ¿Qué libros?
– Los que tenía en mi zurrón.
– Yo no los he cogido, forastero.
– ¿Adónde has ido esta mañana?
– …Al bosque.
– ¿Para qué?
– Pues… para lo de siempre, recoger raíces y cosas así.
– No me lo creo.
– ¿Cómo?
– Me estás mintiendo.
– Está bien, eres muy sabio, los he cogido yo.
– ¿Qué has hecho con ellos?
– Los he llevado a un lugar apartado, para que nadie pudiera verme, y los he quemado.
– ¿Pero por qué?
– Tendrías que darme las gracias, te acabo de salvar la vida.
– No entiendo.
– La posesión y el consumo de libros está sancionado con la pena de muerte en este país.
– Seguro que es uno de los preceptos de vuestro Melquíades.
– Sí, y es por nuestro bien.
– En mi país la lectura es un bien común, empezamos a leer en la escuela y continuamos haciéndolo toda la vida, es algo que llevamos dentro, que necesitamos como el aire que se respira, aprendemos innumerables cosas, cosas que de otra manera quizá no conoceríamos, cualquier ciudadano, hasta el más pobre, tiene al menos un libro en su casa.
– Melquíades dice que los libros no son necesarios.
– ¿Y tú que dices?
– Yo acato la voluntad del Maestro.
– Si fuera un maestro de verdad, os permitiría leer.
– Mira, eres un buen hombre y me caes bien, pero no quiero seguir discutiendo.
– Como quieras.
El Viajero manifestó su intención de proseguir la marcha. El campesino, a su vez, le indicó cómo llegar a la ciudad y le dio unos consejos para desenvolverse sin problemas, entre ellos los famosos preceptos, cuyo desconocimiento podía resultar fatal incluso para un forastero. Finalmente se despidieron.

Continuará

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