CXXX. Melquíades y Los-que-no-leen

– ¿Qué sucede?- preguntó el Viajero.
– No sé, deben ser manías de viejo pero me huele mal.
– Todo ha salido como esperábamos, ¿cuál es el problema?
– Precisamente eso, ¿no te parece extraño que no nos hayamos topado con un solo guardián? hay decenas de ellos por todo el palacio.
– Estaban ocupados con el fuego.
– Sí, pero no todos. Es muy extraño.
– ¿Qué quieres decir?
– Es como si nos hubieran estado observando.
– Yo no he visto a nadie.
– En este lugar hasta las paredes tienen ojos.
En ese instante se escucharon voces. Varios guardianes corrían hacia ellos. No tenían intención de dejarlos con vida. Nunca había habido mazmorras en el palacio.
– ¡Rápido! lanza la cuerda y trepa hasta arriba.- dijo el anciano.
– ¿Y tú qué?
– Yo me quedo aquí, alguien tiene que parar a los guardianes.
– Pero son muchos, no tienes ninguna posibilidad…
– Calla y muévete, no podemos perder tiempo.
– Gracias, nunca lo olvidaré.
– Gracias a ti, me has hecho creer en algo.
El Viajero escaló el torreón. Prefería no mirar hacia abajo, no hubiera soportado ver cómo caía su camarada. También murieron bastantes guardianes, el héroe de la guerra contra los hombres rana vendió cara su vida, su espada se desprendió del óxido de los años que pasan, y se bañó una última vez en la sangre caliente del enemigo. Dicen que un joven oficial de la guardia personal no dejó que tocaran el cadáver del anciano, él mismo lo envolvió en una bandera antigua del ejército y se lo llevó. Dicen que sus ojos estaban vidriosos.
En cuanto al Viajero, este llegó arriba y arrojó la cuerda para que no subieran los guardianes. Ante él apareció una sala circular. Pensó que era muy curioso que no hubiese mueble alguno, ni siquiera una silla. Solamente vio una urna con un pañuelo encima. Tampoco estaba Melquíades, probablemente se había marchado al saber que unos intrusos habían entrado en palacio. Debía de ser un hombre austero, que se conformaba con poco, no había signos de lujo u opulencia, propios de cualquier gobernante. En realidad, no parecía que alguien pudiera vivir allí, sin las cosas básicas, aislado. El Viajero comenzó a buscar detrás de los cortinajes morados, quizá el Maestro estaba escondido. Entonces sonó una voz profunda y grave, como surgida de una caverna.
– ¿Quién osa perturbar mi reposo?
– ¿Eres tú Melquíades?
– Sí.
– ¿Dónde estás?
– Aquí.
– ¿Dónde?
– Dentro de la urna.
– No puede ser, es muy pequeña para…
– Quita el pañuelo que la cubre y podrás verme.

Continuará

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