CXXIX. Melquíades y Los-que-no-leen

Entonces le vino a la memoria el rostro de un joven oficial. No pudo evitar derramar una lágrima. Fue uno de sus mejores amigos, murió en la guerra contra los hombres rana, la más sanguinaria que había conocido, miles de hombres valientes cayeron. Los hombres rana procedían de la región de los lagos, nunca habían sido un pueblo hostil, hasta que apareció un cabecilla que empezó a llenar sus voluminosas cabezas -que ellos denominaban escafandras- de independencia y revolución, en poco tiempo organizaron un gran ejército que se dirigió hacia la ciudad principal del país, con pretensiones terribles. El anciano y su compañero formaron parte de los que defendieron inolvidablemente la ciudad. Lucharon sin descanso, más allá de las murallas, bajo una intensa lluvia, que convirtió el campo de batalla en un inmenso lodazal. Los cuerpos inertes de los soldados se acumulaban sin cesar. Solamente se escuchaba el ruido de metales chocando. Nadie retrocedía. Tras varias semanas de encarnizado combate el enemigo optó por pedir una tregua que acabó convirtiéndose en una paz definitiva. El país quedó repleto de viudas y huérfanos. Recordando esto, algo se iluminó en la mente del anciano. Uno de los nietos de su amigo se había dedicado también a la carrera militar y, curiosamente, era miembro de la guardia personal de Melquíades, qué feliz casualidad.
El anciano consiguió hablar con este descendiente. No le explicó ni mucho menos el proyecto que se estaba tramando, era demasiado peligroso, sólo le pidió, como favor a un viejo camarada de su abuelo, un plano del palacio. El joven se lo procuró, sin preguntarle nada, sabía todo lo que aquel hombre había hecho por su familia. Era genial, gracias al plano podían orientarse a través de los pasadizos laberínticos y, además, no menos útil, conocer dónde se encontraba exactamente cada una de las trampas. El único problema eran los guardianes, había que hacer algo para distraer su atención. Se le ocurrió una manera muy sencilla. Un incendio. Provocarían uno en una de las puertas del palacio, un carro cargado de paja sería suficiente para ese fin. Todo tenía que hacerse de noche.
Llegó el momento. Tanto el Viajero como el anciano estaban nerviosos, sabían que la misión no iba a ser fácil, a pesar de contar con una impagable ayuda. Alguien dejó abandonado un carro junto a la puerta sur, en pocos segundos, ardía espectacularmente. Un guardián dio el grito de alarma. Los dos camaradas, que habían estado esperando ocultos, aprovecharon la confusión para entrar por la puerta norte. Los guardianes, preocupados por apagar el fuego, no se fijaron en ellos. El plan había comenzado bien. Con un poco de suerte no tropezarían con nadie. El Viajero no llevaba armas, era un hombre de paz, siempre había conseguido salir victorioso de todas sus aventuras sin derramar una gota de sangre ajena. El anciano, en cambio, conservaba la espada con la cual había sobrevivido a tantas batallas, nunca se había separado de ella, incluso dormía con esta bajo la cama. El palacio era enorme, parecía no acabarse, existían infinitas bifurcaciones, sin el valioso plano se hubieran perdido irremediablemente en aquel laberinto. Debían llegar al mismo centro, allí había un patio interior que daba al torreón en el cual se hallaba el Maestro.
Atravesaron el palacio sin problemas, no apareció ninguno de aquellos temibles guardianes y pudieron ir sorteando las trampas. Sin embargo, el anciano tenía la mirada sombría, había sido demasiado fácil, dos individuos tan poco preparados como ellos habían logrado llegar hasta el corazón de aquella fortaleza, algo no cuadraba, algo que no habían tenido en cuenta.

Continuará

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