CXXV. Melquíades y Los-que-no-leen

La ciudad se hallaba a pocas leguas, allí donde acababa el bosque de altos abetos y comenzaba un valle de ensueño. Águilas de cuatro alas surcaban un cielo irrealmente azulado, el viento agitaba como olas la espesura de hierba, varias carretas de bueyes circulaban por el camino. Antes de las murallas había un enorme arco de piedra, flanqueado por dos guardianes. El campesino ya le había hablado de ellos, eran los guardianes de la Verdad, llevaban armaduras doradas y lanzas afiladísimas, su única función consistía en preguntar a los caminantes el motivo de la visita a la ciudad, si estos contestaban sinceramente, los dejaban pasar; si no, en un santiamén, los mentirosos sentían como el frío metal de las armas traspasaba sus entrañas. El Viajero se detuvo ante los terribles guardianes.
– ¿A qué debemos tu visita?- preguntaron al unísono.
– Soy un forastero venido de muy lejos y deseo conocer vuestra ciudad. – contestó con un ligero temblor en la voz.
Los guardianes se miraron entre ellos y seguidamente hicieron el gesto de permitir la entrada. El Viajero no entendía cómo aquellas dos estatuas doradas podían saber si el caminante decía la verdad o mentía, no parecían ni mucho menos adivinos, como los que se había encontrado en algunos lugares remotos y que descifraban tu pasado, presente o futuro por unas cuantas monedas. Sin duda era un país muy extraño.
Entró en la ciudad. Día de mercado. El bullicio resultaba casi insoportable, mercaderes de muy diversos lugares regateaban con clientes ricos y pobres, debían de ser miles de personas hablando a la vez. Los productos que se mostraban eran de lo más variado: hermosas telas cosidas por las mismísimas hadas con hilo de oro, vino azul de las tierras del norte, cerámicas pintadas con polvo de cuerno de unicornio… artículos que el Viajero nunca había contemplado. Lamentó mucho no disponer de dinero suficiente, hubiera querido adquirir al menos una de esas maravillas, no es que fuera uno de esas personas que viaja pensando en comprar recuerdos, él no era un turista – que era como denominaban a esos individuos extravagantes -, su interés estaba motivado por el deseo de tener una prueba con la cual convencer a sus compatriotas de que había vida humana al otro lado del desierto de las mil dunas. Así que paseó, con cierta envidia, por aquellas tiendas. Los comerciantes, viendo que era forastero, lo paraban a menudo para ofrecerle sus productos, pero él los rechazaba amablemente, cosa que aumentaba la obstinación de los que vendían. Hubo un momento en que fue rodeado por varios, enojados por su aparente falta de generosidad, él no sabía qué hacer, entonces apareció un anciano de barbas blancas.

Continuará

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