CXXVI. Melquíades y Los-que-no-leen

– ¡Alejaos! ¡No molestéis al forastero!- gritó el anciano dirigiéndose a los mercaderes.
– Sólo queríamos vender.- se excusaron ellos.
– ¿No veis que no quiere comprar nada?- les preguntó.
– Está bien.- dijeron, y se marcharon a regañadientes.
– Gracias, seas quien seas.- dijo el Viajero al anciano.
– No hay de qué. A veces los mercaderes se ponen muy pesados, disculpa si te han molestado.
– Eres muy amable.
– ¿Tienes alojamiento?
– No, la verdad es que todavía no lo he empezado a buscar.
– Si quieres te puedo aconsejar la posada de un amigo, no es gran cosa pero te costará muy poco, además, la bebida corre a cuenta de la casa.
– Suena tentador. Acepto.
De esta manera, ambos personajes se dirigieron a la posada. Era uno de aquellos tugurios que el Viajero había pisado tantas veces en sus rutas, apenas iluminados, sucios, con un olor que provenía de una mezcla de vino y sudor, los huéspedes solían ser caminantes como él o comerciantes bajos y obesos, a veces, en un rincón oscuro, solo, aparecía un mercenario, quizá buscando alguien que pagara su espada. Los aposentos, si es que se pueden llamar así, eran peor que pocilgas, no resultaba extraño, por ejemplo, encontrar insectos de todo tipo en los duros camastros, por otra parte, uno podía amanecer con su bolsa más ligera que el día anterior. El Viajero estaba acostumbrado a todo eso, después de hacer cientos de leguas se conformaba con cualquier sitio, no pedía mucho.
El anciano se quedó con él a tomar unas copas. Era un hombre sorprendente, a pesar de su avanzada edad desprendía una energía que muchos jóvenes ya quisieran, se notaba que había vivido mucho e intensamente. El Viajero descubrió a un alma gemela.
– Bebe más, no te prives.- dijo riendo el anciano.
– Voy a acabar como una cuba.- murmuró el Viajero.
– Luego a dormir y ya está.
– Por cierto, ¿conoces a Melquíades?
– ¿Quién te ha hablado de él?
– Un campesino, pero no me contó gran cosa.
– Nadie ha visto a Melquíades. Simplemente lo escuchamos.
– ¿Me estás diciendo que nunca habéis visto en persona a vuestro gobernante?
– Eso no importa, el Maestro se nos muestra a través de sus palabras.
– Los preceptos.
– ¿Los sabes?
– Me los dijo el campesino.
– Hizo muy bien, su conocimiento es fundamental en este país.
– También quemó mis libros.
– Debes agradecérselo, no hace falta que te diga qué sucede si te encuentran libros, los preceptos son muy claros al respecto.
– Perdona mi atrevimiento, pero pareces un hombre demasiado inteligente para creer vehementemente en esos preceptos, ¿nunca los has cuestionado?
– Mira, no podemos dudar de ellos, y cuando digo que no podemos me refiero a que no nos lo permiten, si comenzásemos a hacerlo, el sistema se hundiría, se produciría un caos tremendo, toda esta civilización que tanto trabajo ha costado construir desaparecería como el humo. Ahora bien, el hecho de que los respete no significa que esté de acuerdo totalmente.
– ¿Qué opinas de la prohibición de leer?
– ¿Eres consciente de que podrían condenarnos a muerte por lo que estamos diciendo?
– Sí, pero necesito que seas sincero conmigo, favor de camarada.
– De acuerdo. Me parece una gran estupidez que no nos dejen leer, va en contra de la cultura, si tuviésemos libros avanzaríamos más como sociedad y como personas.
– ¿Alguna vez has leído un libro?
– Sí, cuando era joven. Conocí otro forastero que me enseñó a leer y me dejó varios libros. Sin duda es la mejor experiencia de mi vida, descubrí cosas que nunca hubiera imaginado, creo en la magia de las letras.
– ¿Qué pasó con el forastero?
– Fue ejecutado.
– ¿Y a ti no te hicieron nada?
– Siempre me he arrepentido, pero tuve que testificar en su contra, de lo contrario yo también estaría bajo tierra, sé que fui un cobarde, nunca olvidaré sus ojos de estupefacción cuando se enteró de lo que yo había hecho.
– No te culpes de su muerte, el único responsable es ese Melquíades.

Continuará

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