CXXVII. Melquíades y Los-que-no-leen

En ese momento la conversación se interrumpió. Una mujer se subió a la mesa y comenzó a danzar. El Viajero sintió que no podía apartar su vista de ella. Era preciosa, un ángel, apenas rozaba con sus blancos pies la madera grasienta, sus movimientos poseían la suavidad del batir de alas, sus largos cabellos castaños también parecían bailar. Después de todo, pensaba él, la posada no estaba tan mal. Debía hablar con aquella bailarina misteriosa, surgida de la noche, no recordaba la última vez que su corazón palpitó de deseo por una hembra, una sensación que no cambiaría por nada. Por otro lado sabía perfectamente que el vino consumido desataría su lengua, aunque en realidad no le hacía falta, él se consideraba un hombre de recursos, había seducido a muchas mujeres, algunas en situaciones más complicadas, como aquella ocasión en que enamoró a la concubina favorita de un sultán y casi lo decapitan. Así que, de nuevo, inició su particular asalto. Cogió a la bailarina de la mano y la hizo bajar junto a él. Ella se asombró de su determinación. Él la miró fijamente a los ojos. Ella se quedó inmóvil, no sabía si las pupilas de aquel forastero ardían a causa del alcohol, de la pasión o de ambas cosas. Él susurró algo en el oído de ella. Al instante se levantaron. El anciano sonrió y dirigió una mirada de complicidad al Viajero.
Al despuntar los primeros rayos del sol se despertó el Viajero. Siempre madrugaba, era de los que creen que hay que aprovechar la jornada al máximo, había muchas cosas que hacer. Sobre su pecho curtido reposaba la dulce cabeza de la mujer, que dormía profundamente. No quería perturbar su sueño por nada del mundo, así que, con sumo cuidado y delicadeza, apartó aquellos suaves cabellos y se levantó. Aquel ángel lo había salvado, al menos por unas horas, de su soledad sexual, cuántas noches en el desierto él se había aferrado a la nada, helado y melancólico, sólo los caminantes conocen estos horribles abismos. El Viajero tenía una gran idea. Después de lavarse y vestirse, recogió su escaso equipaje rápidamente. Se marchaba de aquel lugar. Antes de cruzar la puerta, se acercó a su bella durmiente y la besó por última vez. Lo cierto es que no le satisfacía abandonarla, pero debía irse, era lo mejor, no habría soportado saber que le hubiera sucedido algo malo a ella por su culpa.
Preguntó al posadero por el anciano, necesitaba hablar con este. El hombre le dijo que su amigo solía frecuentar una famosa taberna que se encontraba por el centro de la ciudad. El Viajero no tardó en encontrarla. En una de las mesas estaba el anciano, que bebía solo.

Continuará

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