CXXVIII. Melquíades y Los-que-no-leen

– ¡Buenos días!- dijo el Viajero.
– ¡Vaya! ¡Buenos días!- se sorprendió el anciano.
– El posadero me ha dicho que te encontraría aquí.
– ¿Qué tal has pasado la noche?
– Ha sido fantástica.
– Te envidio, yo ya no tengo edad para andar con mujeres, pero cuando era joven, aquello si que era vida…
– Estoy seguro.
– Bueno, ¿y ahora qué vas a hacer?
– He planeado algo muy importante, necesito tu ayuda.
– No sé por qué pero eso me suena a peligro.
– Tengo que ver a Melquíades.
– ¿Qué? ¿estás loco? no se puede ver al Maestro, solamente habla.
– Ya lo sé. Si pudiese conocerlo, le explicaría todas las cosas que he aprendido en mis viajes, todo lo que os está negando, intentaría convencerlo así para que cambiase los preceptos, no creo que sea una de esos que disfrutan mirándose al ombligo, necesita saber como todos, la curiosidad es algo que va inseparablemente unido al ser humano.
– Eres un utópico, la gente no cambia tan fácilmente, el Maestro sabe perfectamente lo que hace, sus palabras son resultado de una profunda y larga meditación. De todas formas, te ayudaré.
– Sabía que lo harías.
– Primero debo avisarte que es un plan muy arriesgado, la verdad es que no tenemos muchas posibilidades de salir con vida. El palacio de Melquíades está lleno de guerreros de su guardia personal, que han sido escogidos entre los mejores del ejército, son asesinos fríos y silenciosos, pueden atravesarte el corazón sin que te des apenas cuenta, será difícil esquivarlos. Por otro lado, hay toda una serie de trampas mortales y, finalmente, si superamos todo esto, tendrás que escalar el torreón donde vive el Maestro. ¿Qué te parece?
– No es la primera vez que me juego la vida, estoy acostumbrado a los riesgos, nadie hubiera apostado a que iba a cruzar el desierto de las mil dunas. Si algo he aprendido es que cuando uno se propone algo con mucha fuerza, acaba por conseguirlo.
– Estoy de acuerdo contigo. A este anciano le hace falta una última aventura, no me importaría morir, la causa bien vale la pena.
Aquel día el anciano comenzó a maquinar cómo penetrar en el palacio. Esto le hizo evocar su pasado militar. Llegó a ocupar un cargo importante en el ejército, era uno de los oficiales más aguerridos e inteligentes, sus hombres lo querían como un padre más que como un superior, confiaban plenamente en él, sabían que no iba a arriesgar sus vidas por unos palmos de tierra o un botín, precisamente fue ese el motivo de su destitución, cuando se negó a atacar una posición por considerarlo un suicidio, sus generales no lo entendieron así, fue juzgado y expulsado. Pensaba que después de tantos años no dudaría en tomar la misma decisión, los soldados no son títeres a los cuales se puede enviar a una muerte segura, nada justifica sacrificar ni siquiera uno solo, son personas.

Continuará

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